Las francofonías son hoy en día realidades que gozan de un reconocimiento internacional, pero el belga tuvo algunas dificultades para definirse en este espacio, no sólo por razones históricas, políticas o sociales, sino también por su relación con Francia, lo que se refleja en la literatura o en la lingüística que nos ofrecen relevantes testimonios de este sentimiento. Cuando nació el Estado belga en 1830, la aristocracia y la burguesía hablaban francés como la mayoría de las clases acomodadas de la época. Aunque la primera Constitución belga reconocía la libertad lingüística, la única lengua escogida como nacional fue el francés, decisión que suponía el olvido de uno de los componentes de la cultura belga, una lengua germánica hablada por el pueblo en el norte del país. Esta decisión tendrá numerosas consecuencias, entre las cuales las más importantes serán, sin duda, el «Movimiento flamenco» y la necesidad de este primer país francófono de definirse en relación con su vecino francés, representante de la norma y responsable de la fascinación por la lengua de Voltaire, profundamente relacionada con la unidad de la nación francesa. Nuestro artículo se centra en la búsqueda de una Identidad francófona específica. para lo cual analizaremos la producción literaria belga y los aspectos lingüísticos específico del francés de Bélgica. En primer lugar, el análisis de la literatura nos permite entender la imposibilidad de estudiar las obras belgas según los mismos criterios que los utilizados para la exégesis de los textos franceses. La necesidad de algunos escritores de sentirse diferentes cuando utilizan la misma lengua que sus vecinos va a llevar a los más originales a explorar campos poco hollados, hasta este momento, por sus homólogos galos.
Destacaremos los que no se contentaron con copiar los modelos franceses, considerados la norma, y a los que la crítica reconoce hoy como los más importantes de la literatura belga francófona. Uno de estos autores es Charles De Coster, escritor de La leyenda de Tyl Ulenspiegel, obra representativa de numerosas características del arte belga, pues hace referencia a las otras artes o a los mitos constitutivos de nuestra historia, para reforzar la legitimidad de esta producción no francesa, y especialmente no parisina. En segundo lugar, estudiaremos de manera más específica los aspectos lingüísticos. Aunque el francés hablado en Bélgica se parezca mucho al francés de la región de Ile-de-France, que es la norma, incluye expresiones propias. Analizaremos algunos ejemplos de belgicismes, intentando determinar su origen y el éxito de su utilización. El estudio de la recepción de estas palabras es fundamental cuando sabemos que su uso no estaba recogido por la norma, no fue aconsejable o incluso fue evitado hasta los años 70, fecha de la publicación de un primer diccionario que recogía las expresiones propias de Bélgica y momento en el que se produce una toma de conciencia parecida en otras regiones o países francófonos, tales como Quebec o Suiza.
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