Compete a este trabajo la exploración de las posibilidades que el pensamiento de Gottfried Wilhelm Leibniz puede aportar al desarrollo integral del hombre en su inclinación a la sociabilización. Recuperar matices olvidados en la construcción de la realidad social que hoy sustenta nuestra convivencia y que nos presenta retos desconocidos hasta la fecha. De tal forma se aspira a ir completando la configuración de la sociedad moderna con las aportaciones que dieron forma a una idea de hombre, a una forma de estar en el mundo que, por no formar parte del flujo de una realidad forzada, devienen en la experiencia de un hombre incompleto y olvidado de su esencia.
En este sentido, interesa señalar que existe, al menos en Europa, un tránsito de perspectiva del hombre ante la realidad del mundo, que debió ir paulatinamente asentándose en los siglos XV al XVII; preparando, de esta forma al individuo medieval a una modernidad que fue descosiéndose, condicionado por los siglos de predominio de una desconexión social paulatina, forjada en el transcurso de los siglos posteriores.
Todos aquellos siglos anteriores, el hombre medieval, se relacionaba con aquello que estaba “a su mano”; su familia, sus vecinos inmediatos y el territorio donde desarrollaban su vida. El poder Real o del Señor Feudal que les afectaba, no despertaba en ellos un impulso de pertenencia y de relación con aquellos que bajo su sometimiento encontraban un débil amparo ante la violencia dominante. Tanto es así que la violencia que podía ser más común y más injustificada podía venir de manera más frecuente del propio señorío que del exterior o de lo desconocido. Las profundidades de la inclinación humana a la sociabilización se encuentran anteriormente y, sobre todo, en un espacio más profundo de los impulsos humanos que la más o menos compleja estructura socio-política y económica; que se fue formando en su virtud y que el devenir de la historia nos relata. Un análisis desde la metafísica de estos extremos se antoja necesaria para el desvelamiento de una realidad metafísica que fundamenta la inclinación del hombre a vivir en sociedad. Quizá de esta manera, podamos comprender y formar estructuras sociales, políticas y jurídicas que permitan la convivencia pacífica y la comprensión de lo diferente en las relaciones, cada vez más globales, que imponen los nuevos espacios de relación que abre el siglo XXI.
Es cierto que la desconexión social, a la que nos referíamos al principio, fue atemperada por la existencia coagulante de una idea religiosa común y de su insistente y atávica pretensión de imperio universal que la expansión romana depositó en una Europa; que usurpó, a fuerza de sangre y guerra, el protagonismo de la Historia Universal; dejando fuera de ella otras ideas, religiones, territorios y culturas que hoy, a fuerza de empellones que posibilitan los procesos de globalización, se hacen presentes y necesitan ser reconocidas y participes de una Historia que a todos nos incumbe.
Este trabajo pretende sondear las herramientas de comprensión que el pensamiento metafísico de Leibniz tiende sobre nuestro tiempo. Cómo la posibilidad del concepto de armonía y la recuperación del “lugar del otro” como punto de partida político. Sondear la posibilidad de que su comprensión pueda liberar a un hombre que necesita la relación con sus congéneres tendiendo a la totalidad. Tendencia que hoy se ha intensificado hasta niveles planetarios. Pero, aun así, el hombre se encuentra más aislado, más disminuido y más alejado de su naturaleza que nunca. En palabras de Martin Heidegger, más olvidado del ser. De ahí la necesidad de partir de consideraciones metafísicas y ontológicas, como ha venido siendo tradicional desde los postulados filosóficos de la antigua Grecia, que nos hacen reflexionar sobre lo que se encuentra a la raíz del comportamiento y realidad humana, de su constante insistencia en vivir en relación e, igualmente constante, inclinación al conocimiento y revelación de los principios motores del mundo que habitamos. En el centro de una teoría de los principios informadores del ser-humano, podemos encontrar los puntos de conexión entre la razón, la relación, la tendencia a vivir en sociedad y la formación, por ello, de las estructuras políticas y jurídicas que forman el tejido del mundo que compartimos.
En relación con ese sentido de conexión que amalgama nuestros impulsos primarios en dirección a vivir en sociedad y la observación actual de esa realidad, este trabajo circunda la idea de un dinamismo o movimiento que Leibniz informa en sus trabajos socio-políticos y de filosofía de la historia. De esta manera observamos como, partiendo de la creencia en la razón en Leibniz, que presenta con carácter radical, se va constituyendo como fundamento y sostén último de la idea de hombre. Pero no es esta razón una razón inmóvil; sino dinámica, que se extiende a todo su pensamiento justificando, o al menos intentándolo, incluso la voluntad divina en su “teodicea” y otros escritos. Todo es dinámico en Leibniz, el “ser” es conato y potencia que se extiende y relaciona provocando realidad y así, como parte de ella, a la sociedad. De esta manera, para Ortega, el fundamento del hombre y sus relaciones ha de ser axiológica (como teoría de los valores, moral) en cuanto es consecuente con la limitación temporal del hombre en extensión y sujeto de la historia, de ahí la natural necesidad del Derecho y acción política fundados en razón, en su propia estructura de realidad que la propia sociedad y sus entramados de relaciones constituye. Y aunque el propio Ortega confronte su desarrollo de razón histórica, con una idea leibniziana de la razón regida por modelos físicos y matemáticos, creemos que el hombre para Leibniz es un ser histórico, limitado y que genera realidad, siempre dinámica y siempre por impulso de la razón (una realidad de la que no sólo es el punto de referencia sino el punto exacto de la perspectiva subjetiva de todo el Universo), siendo que la razón es el atributo esencial con el que el hombre puede conocer y, de esta manera, maravillarse de toda la creación, no puede más que concluirse que la razón es dinámica y que la posibilidad del conocimiento racional del mundo ha de considerarse en un movimiento adherido al devenir histórico del hombre y su expansión monadológica, como explica el profesor Jaime de Salas. No es tampoco que haya que considerar a Leibniz, desde los ojos de Ortega, como un pensador que mitifique al extremo la razón, hasta el punto de considerarla una categoría inmóvil que da forma, o bien es parte constitutiva de la sustancia; o, al menos, estructura inmóvil de la realidad. Creemos que no se encuentran lejos ambos planteamientos y consideramos que el movimiento es tenido en cuenta por Leibniz, sino al nivel contextual esencial de la circunstancia Orteguiana; si, al menos, integrado en su consideración del hombre como ser limitado que “va” tomando conciencia del mundo (de la creación) a través de la razón, lo que obliga inevitablemente a considerar contextualmente al sujeto que es cognitivo; en tanto en cuanto es perspectiva subjetiva de la totalidad pero no aislada; sino parte de una multiplicad infinita de perspectivas.
Sin perder de vista las ideas de conexión, relación, razón, sociabilidad, perspectiva, devenir histórico y formación social compartimentaremos este trabajo en tres capítulos que han de considerarse relacionados y consecuencia el uno del otro; de la manera que el principio Leibniziano de razón suficiente informa. En un primer momento analizaremos, a modo justificativo, la idea de Leibniz como un pensador que se encuentra a la base de la formación de una idea antropológica que fundamenta la modernidad pero que ha devenido en el olvido por el alejamiento del pensamiento posterior de la raíz metafísica que lo justificaba. Así mismo daremos testimonio de la actualidad de su pensamiento, de su contemporaneidad y utilidad para pensar los retos sociales, políticos y jurídicos que nos depara el presente siglo.
En segundo lugar, habrá que confrontar el punto de partida leibniziano del fundamento del impulso del hombre a vivir en sociedad que, como ya adelantamos, no es otro que “el lugar del otro” con los teóricos tradicionales del estudio del contrato social y de la Justicia que se ocupan de estos extremos y que, en gran parte, difieren de la antropología fundadora de un hombre que quiere vivir necesariamente en paz y en relación con sus congéneres. La historia, o más bien su sentido, ocupa la tercera parte de este trabajo. De como el “agente limitado del ser” contribuye a la acción creadora de la naturaleza y da forma a la realidad en su expresión social. De cómo su estudio y comprensión se hacen necesarios metodológicamente para la acción existencialista y vitalista de la decisión política como expresión de esa realidad social que se fundamenta en los impulsos ontológicos de la mónada leibniziana. Se analizará el presente como un presupuesto constitutivo, de constante inicio, de la existencia co-creadora de la libertad del del hombre en el ámbito que gobierna sobre una realidad perspectivista y limitada, por medio de la razón. En conexión con lo anterior, por gracia de esa condición de ser limitado del hombre, se elabora una teoría tendencial del impulso creador del hombre en Leibniz y sus consecuencias en el ámbito político y jurídico que han de ser analizados a la luz de los retos globalizadores del siglo XXI. Principalmente en la condición languideciente del Estado, como estructura sobre la que se desarrolla la sociedad del hombre en nuestros días.
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