“Deja a la vida en paz”, un poemario que permite leer sabores: algún toque de dulzura y alguno de amargura (o de dulzor y de amargor, que sería más poético) Y permite también leer sensaciones: ilusión, y desencanto, y miedo, y duda, y pasión, y amor que languidece, y amor que arrolla y embarga y abisma. Y variedad de contrapuestos: lo admitido y lo prohibido, el tedio y la ilusión, lo sereno y lo exaltado, la dureza y la suavidad… Y algún poema tierno y alguno tremendo. En comparación con sus anteriores poemarios, en éste se percibe más espontaneidad en la forma, como si la autora se hubiera permitido “fluir” (en el sentido más positivo del término) y dejar que fuera el sentimiento, sin ataduras formales, quien lo dictara. Y ha resultado una libre y hermosísima forma. Y una forma de nivel: se intuye claramente escrito por alguien que domina lo literario y sus figuras y las utiliza con total naturalidad, en su momento, oportunamente, sin petulancias huecas. Dentro del propio poemario, hay una evolución formal hacia el minimalismo poético y pueden percibirse dos partes diferenciadas: una primera parte de versos más extensos, más descriptivos… y una segunda, a partir del poema 43, de versos cortos, o cortísimos (muchos de una sola palabra) versos rápidos, como rayos, como flashes, como ideas o como trallazos que sacuden el alma del lector.
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