La primera imagen que se insinuó en mi mente cuando recibí la invitación para escribir estas líneas en honor de Alberto fue la alegría que invariablemente me produce verlo. Alberto es una de esas personas que, en cada encuentro, te reconcilian con la vida. Al igual que aquel admirable chileno en Europa que evoca Neruda en sus admirables memorias, Confieso que he vivido, a quien describe como “un ser resplandeciente que nos regalaba una estrella cada día”; así siento los encuentros con Alberto, tanto los físicos como los virtuales. Además de sus potentes ideas, admiro la fortaleza física y emocional con la que siempre habla. En realidad, debería decir “fortaleza y alegría”, pues, ya sea que se trate de los problemas más serios de su querido país o del continente, o de las múltiples heridas que infligimos a la Tierra, me parece que no deja de expresar un optimismo bien fundado que comparto, aquel que le llevara a nombrar el buen vivir como “una utopía por construir”.
págs. 15-39
Dolarización: ¿economía política o política económica?
págs. 40-62
págs. 63-74
transformaciones socioecológicas emancipadoras radicales: decrecimiento y estrategia
págs. 75-102
págs. 161-181
págs. 182-204
págs. 205-220
págs. 221-236
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Alberto Acosta y los derechos de la naturaleza: los grandes cambios requieren esfuerzos audaces
págs. 260-279
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