En los últimos 50 años la docencia ha cambiado de manera vertiginosa (Hidalgo-Cajo, 2020). De mediados del siglo XX, cuando el gis y el pizarrón eran las herramientas básicas para transmitir la información y los contenidos curriculares, al uso de aditamentos emergentes como acetatos, rotafolios, proyectores de transparencias o sombras, hasta la aparición del software multimedia para las presentaciones como PowerPoint, Prezi, Canva, Genially y otros. Todo lo anterior en unas tres generaciones de docentes; todos ellos obligados a aprender el manejo de estas nuevas tecnologías para la instrucción. Esto, sin tomar en cuenta los ecosistemas de aprendizaje y la creciente incertidumbre que presenta la inteligencia artificial (IA) en la instrucción (Goenechea y Valero-Franco, 2024; Murillo Rojas, 2022). La tecnología ha propiciado cambios más significativos en la instrucción que las modas curriculares, la popularidad -por lo general espuria- de ciertas teorías de instrucción y las políticas educativas. De hecho, el aprovechamiento de los recursos digitales constituye el gran reto en la formación del docente del siglo XXI (Area-Moreira, 2012). Hay dos cambios significativos que no se pueden soslayar.
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