Desde mi reciente experiencia en la enseñanza del diseño arquitectónico, escribo sobre la innegable efectividad de mostrar y enseñar al neófito sobre la abstracción del objeto arquitectónico. Entonces, ¿qué tan importante es enseñar al estudiante en su primer año de la carrera de arquitectura a dominar el arte de la abstracción del objeto arquitectónico? Entiéndase este como la expresión final del ejercicio compositivo, que abre las puertas, o mejor aún, que es la llave o la clave del conocimiento para dominar esa primera etapa que enfrenta el futuro arquitecto al momento de crear un objeto tridimensional que responda a las necesidades del usuario, que se integre al entorno y que además se pueda geometrizar y por ende construir. No es en vano la frase “la arquitectura es el arte de construir”. Así mismo, este viaje cognoscitivo entrena al estudiante a desempeñarse en el arte de analizar y reflexionar sobre lo construido. Su importancia va más allá cuando el estudiante comprende que se trata al final de la prefiguración o preforma arquitectónica, evitando caer en una expresión formal caricaturesca al concretar la función para la cual ha sido creado el objeto. Los resultados a lo largo de los recientes años han sido impresionantes al observar la génesis y el desarrollo de los estudiantes de arquitectura en el arte de diseñar y componer, además de dominar conceptos que les permitieron crecer en su expresión oral y escrita e ir perfilando su propia filosofía y/o estilo.
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