En el contexto actual movimiento en favor del humanismo empresarial, puede ser ilustrativo volver la mirada a atrás y aprender de la historia. Una de las épocas con mayor deshumanización en la empresa fue, sin duda la Revolución Industrial o, con mayor precisión, las dos primeras Revoluciones Industriales, que van respectivamente del 1764 a mediados del siglo XIX y desde esta fecha al 1914.
Suelen destacarse como causas desencadenantes de estas revoluciones las innovaciones tecnológicas y el libre mercado que sucedió al mercantilismo fuertemente regulado. Sin embargo, como discutiremos aquí, las empresas de esta época no sólo estuvieron marcadas por estos cambios tecnológicos, sino también por un conjunto de cambios culturales, manifestados en ideas y valores, generados paulatinamente desde el Renacimiento y proseguidos por la Edad de la Razón y durante la Ilustración.
Entre las causas culturales que contribuyeron a la pérdida de humanismo en las dos primeras revoluciones industriales podemos distinguir las siguientes:
1. La formación, a partir de Renacimiento, de un paradigma tecnocrático, monofuncional, en el cual todo está en función de la eficiencia y, últimamente, de los beneficios económicos.
2. Exaltación de lo humano a partir de las capacidades productivas del ser humano, con olvido de la dignidad de toda persona en sí misma.
3. Abandono de la referencia a Dios como garante del valor intrínseco de las personas y como referencia última de la vida humana.
4. Una creciente separación entre ética y actividad económica, con una pluralidad de concepciones éticas y, a menudo, sustituyendo moralidad por legalidad.
5. Valoración del autointerés por enriquecerse como motor del progreso económico.
6. Introducción del individualismo, y más tarde del socialismo, como actitud fundamental, con olvido de la articulación de la libertad con el bien común.
7. Aceptación de un liberalismo económico radical y el subsiguiente establecimiento del Estado del laisser-faire.
Diversos pensadores católicos reaccionaron contra la falta de consideración de las personas en las empresas a lo largo del siglo XIX. Entre ellos, Wilhelm Emmanuel von Ketteler (Alemania), Henry Edward Manning (Inglaterra) y Tommaso Maria Zigliara (Italia). Destaca, sobre todo, el Papa León XIII, quien en su carta—encíclica Rerum novarum (sobre las “cosas nuevas”), inició la moderna doctrina social de la Iglesia. De algún modo, como trataremos de demostrar aquí, da una respuesta humanista alternativa a las mencionadas causas culturales. En concreto, León XIII, de un modo más o menos explícito, aboga por:
1. Una visión global de la realidad, en la cual el aspecto técnico-económico es instrumental respecto a las personas.
2. La exaltación del valor de cada persona y de derechos básicos asociados, junto al valor del trabajo como algo personal y necesario 3. La referencia a Dios como garante del valor único de toda persona humana y se recuerda el fin último de la vida humana en Dios.
4. La dimensión ética de toda actividad económica y de una justicia natural superior que cuestiona el valor ético de ciertos contratos y acuerdos 5. Un desarrollo que conduzca a una vida virtuosa, sin limitar el progreso a la creación de riqueza.
6. El bien común como principal referencia para la vida social (frente al individualismo y al colectivismo).
7. La necesidad de que el Estado proteja los derechos básicos de los trabajadores y de proteger a los más débiles, al tiempo que condena una visión absolutista de la libertad.
Se concluye sugiriendo que estas proposiciones, presentadas por León XIII de modo germinal y posteriormente ampliadas por varios textos de la doctrina social de la Iglesia, siguen siendo válidas como punto de partida para desarrollar una base conceptual para una empresa humanista.
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