Colombia
Los tiempos no cambian ahora como cambiaban antes, o por lo menos los tiempos no han sido, son ni serán los mismos, como no han sido, son ni serán los sujetos que leen, observan y viven tales cambios, los producen, o simplemente son (o somos) afectados por aquellos. Pero los tiempos contemporáneos, con toda la carga aparentemente demoledora de una masa de informaciones discordantes, deshilvanadas las más de las veces, y hueca al final, de un momento denominado postmoderno, parecen definitivamente obnubilar a la mayoría de las personas y entonces lo obvio no se identifica y pasa incluso por novedad o por “objeto” pertinente de atención, distrayendo la observación rigurosa de los fondos que tenues se ocultan en una jerga confusa, mediatizada y letalmente pobre e insulsa. La reflexión, fruto de la observación de una vida de apenas dos décadas como docente en diferentes contextos regionales colombianos y en la lectura de alguna literatura sobre pedagogía y educación, discute si debe aceptarse, por un ligero ejercicio de tolerancia, o quizá por cansancio, que estamos realmente ante hechos novedosos que cuestionan nuestro papel y nuestro ethos como docentes, o más bien, como se quiere defender, que la hora llama a levantar las banderas que desde los 80 parecen haberse arriado en el movimiento magisterial latinoamericano y, gracias a lo cual, ahora decenas de miles de mujeres y de hombres que nos hemos formado en la vocación de la educación de las nuevas generaciones, han o hemos aceptado dejar el “campo de combate” del cual hablara Zuleta, a legiones de otras mujeres y hombres que al menos deben ser advertidas y advertidos que en su ejercicio está la obligación perentoria de aportar a una auténtica renovación de la educación y a la construcción, por fin, de un ser humano para una nueva ciudadanía y una sociedad en justicia y paz duraderas.
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