El último gran happening de la contracultura reunió en Woodstock a 450.000 incondicionales durante tres días y tres noches, en una promiscua acampada de barro, sexo, drogas y, naturalmente, rock and roll. Fue, probablemente, la traca final del sueño más grande y más vacío que jamás haya tenido América y, por ende, Occidente. Un sueño en el que la humanidad, eternamente joven, libre de tabúes, dueña ya del universo, sin miseria y sin enfermedad, danzaba y reía, con la mente llena de alucinaciones de colores. Woodstock fue el punto donde el sueño se transformó en pesadilla, hace ya veinte años.
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