El retrato ha sido uno de los géneros más prolíficos en la producción artística desde la antigüedad.
La fotografía ha mostrado desde sus inicios el interés por este formato, dando un impulso para su renovación dentro de las artes tradicionales. Más de cien años después, la introducción de la fotografía digital ha provocado otro cambio de paradigma. Si bien era sabido que la fotografía no era inmune a manipulaciones y trucajes, con la introducción de los medios tecnológicos el montaje pasa a ser parte de su propia ontología, situando a estas imágenes en el campo de la ficción. En este artículo se analizarán los retratos elaborados por Nancy Burson, Keith Cottingham, Aziz + Cucher, Loretta Lux y Wendy McMurdo, pioneros de la fotografía digital que, como muchos otros artistas contemporáneos, utilizan géneros y formatos propios de las artes tradicionales. Se estudiará la construcción de unas imágenes donde el referente ya no es un ser individual, sino una suma de información. La intención del texto es situar su producción dentro de un determinado contexto social, artístico y político, para ubicar unas obras que han supuesto la renovación de la representación del rostro y el cuerpo humano.
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