Málaga, España
El proyecto de hacer inclusivas las escuelas no surge de un capricho o una ocurrencia, ni se trata de una moda pasajera. Nace como respuesta al deseo colectivo de que los sistemas educativos de todo el mundo pudieran albergar a la infancia completa, sin excepción, algo que se abordó en la conocida Conferencia Mundial celebrada en Jomtien (UNESCO, 1990). La educación inclusiva, unos años después, emergió en la Conferencia Mundial de Salamanca como la forma óptima de conseguir ese anhelo (UNESCO, 1994). Una década después, la educación inclusiva sería considerada un derecho humano fundamental (ONU, 2006).
Estos tres hitos han sido fundamentales, sí. Sin embargo, el proyecto revolucionario de hacer inclusivas nuestras escuelas se ha ido devaluando con el tiempo. Hoy se habla de educación inclusiva para hacer referencia incluso a prácticas excluyentes, alejadas de aquel deseo. En muchos lugares se pervierte el lenguaje, retorciéndose hasta robar el valor humano al proyecto. En otros llega incluso a prohibirse la utilización de ciertas palabras que vinculan la diversidad humana con la lucha contra la desigualdad. Nuestras diferencias se convierten en el objetivo a derribar por la agenda ultraconservadora aquí y allá, lo que evidencia su potencial transformador.
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