El Currículo educativo se ha configurado históricamente como un cam-po epistemológico enriquecido por discursos y prácticas que manifiestan unas intencionalidades sociales, políticas, económicas y pedagógicas que resultan ser estructurantes; sin embargo, los docentes y estudiantes como sujetos sociales que posibilitan o limitan dichas estructuras, se encuentran en permanente tensión. Un escenario claro de dicha rela-ción es la evaluación de los procesos de aprendizaje donde se proyectan unos postulados de evaluación formativa, emanados a través de políti-cas educativas que al ser analizados en el contexto de la escuela suelen ser contradictorios, pues los estudiantes siguen percibiendo una evalua-ción tradicional, sumativa y punitiva. Parte de ello se atribuye al valor que hoy en día reciben los resultados de las pruebas estandarizadas.Indagar acerca de las razones implícitas o explícitas que sesgan la im-plementación de una evaluación formativa, así como las estrategias de empoderamiento que se dan o deberían darse al estudiante como pro-tagonista del proceso hacen de esta tensión curricular una oportunidad para impactar las relaciones de poder de la escuela, desde la democra-cia, el respeto y la empatía como medio de transformación y emancipa-ción desde las prácticas evaluativas.
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