En 1977 la Doctora Grethe Rask, aquejada de una extraña enfermedad caracterizada por intensa astenia y linfoadenopatías generalizadas, moría debido a una infección por Pneumocistis carinii en el Rigshospitalet de Copenhague (1). La doctora Rask había estado trabajando en un hospital de la actual República Democrática del Congo cuando cayó enferma. En 1984 un análisis retrospectivo de las muestras sanguíneas conservadas confirmó que fue una de las primeras personas que murieron por el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA) en Europa. Los estudios serológicos retrospectivos en muestras de suero almacenadas han identificado también casos más tempranos (1959) de transmisión autóctona del virus causante del síndrome en África Subsahariana (2).
El SIDA, sin embargo, no se describiría por primera vez hasta la primavera de 1981 cuando se empezaron a comunicar casos de aparición de infecciones y tumores poco frecuentes en personas jóvenes previamente sanas, concretamente en homosexuales de la ciudad de los Ángeles, Nueva York y San Francisco (3, 4). La evidencia de que el común denominador de todos estos pacientes era una inmunodeficiencia celular llevó a acuñar la descriptiva denominación del síndrome como SIDA. Dos años más tarde, en 1983, se describió el agente causal de la enfermedad al aislar un retrovirus citopático, el virus de la inmunodeficiencia humana tipo I (VIH-1) (5, 6). Al poco tiempo se comunicaron casos en receptores de transfusiones de sangre (7), en hemofílicos (8) y en usuarios de drogas por vía parenteral (UDVP) (9). Con el paso del tiempo, la infección por el HIV se convertiría en la última gran pandemia a la que ha tenido que hacer frente la humanidad.
Los orígenes exactos del virus causal con inciertos. La mayoría de los científicos aceptan que el VIH emergió probablemente en África a través de la transmisión entre especies de un lentivirus de los primates no humanos, con mutación y adaptación subsiguientes al hospedador humano. Ahora sabemos que cuando se reconoció por primera vez la epidemia de SIDA, había estado precedida en varias décadas por una epidemia de VIH silente en África.
No sería hasta 1996, con la aparición de los primeros inhibidores de la proteasa y la generalización de la terapia de combinación con tres fármacos antirretrovirales (terapia antirretroviral de gran actividad o TARGA), que cambiaría el pronóstico de la enfermedad de manera radical.
Más de 30 años después del primer diagnóstico, la enfermedad que tenía un 100% de mortalidad, se ha convertido en crónica -al menos en los países desarrollados- los afectados pueden llevar una vida normal y los tabúes y prejuicios que la rodeaban empiezan poco a poco a romperse.
Sin embargo, la expansión de la infección mediante la transmisión heterosexual en África subsahariana, la carga de infección oculta o no diagnosticada aún y el importante número de diagnósticos tardíos así como la dificultad del acceso a la terapia antirretroviral en países de ingresos bajos o medios hace que la prevalencia global de VIH no haya disminuido en la última década de manera significativa si bien hay diferencias regionales importantes en tendencia y modos de transmisión
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