Si pretendiéramos elaborar un retrato de las sociedades actuales, necesariamente tendríamos que hablar de la desigualdad económica y de la violencia de pareja contra las mujeres. Por un lado, la distribución de recursos es tan desequilibrada en las sociedades contemporáneas, que a nivel global se estima que el 10% de las personas más ricas del mundo posee el 51.7% del ingreso mundial total, mientras que el 50% de la población vive con el 9.4% de los ingresos globales (World Inequality Databaase, 2020). Esta marcada desigualdad económica ha demostrado tener consecuencias significativas tanto para las sociedades como para las personas (Jetten et al., 2021; Wilkinson y Pickett, 2017). Entre estas consecuencias, se ha evidenciado que puede influir en la percepción que se tiene de las personas y los grupos sociales, promoviendo representaciones más ambivalentes (Durante et al., 2017; Tanjitpiyanond et al., 2022) o incluso más masculinizadas (Moreno-Bella et al., 2019). Asimismo, se ha observado que puede deteriorar las relaciones intergrupales, haciéndolas más conflictivas o negativas (Gordils et al., 2023; Lisnek et al., 2025). Por otro lado, y pese a las medidas implementadas y a ciertos avances en materia de igualdad de género, la violencia de pareja contra las mujeres, junto con otras formas de violencia dirigidas hacia nosotras, continúa presentando una prevalencia alarmantemente elevada. A escala mundial se estima que, en promedio, el 30% de las mujeres mayores de 15 años ha experimentado violencia física o sexual por parte de su pareja o expareja (WHO, 2021), y que hasta el 38% de los asesinatos de mujeres registrados en el mundo son perpetrados por sus parejas (WHO, 2024). Considerando estas cifras y las graves consecuencias asociadas a este tipo de violencia, se han desarrollado múltiples modelos teóricos destinados a predecir los factores que la explican. Entre ellos, aquellos que cuentan con un respaldo teórico y empírico más sólido son los que proponen un abordaje multifactorial, enfatizando la naturaleza estructural y social de la violencia contra las mujeres (p. ej., Heise, 1998). En este contexto, diversas investigaciones han encontrado una relevante asociación entre estos dos fenómenos: en aquellos entornos caracterizados por una mayor desigualdad económica, los hombres perpetran más violencia contra sus parejas mujeres (p. ej., Torres Munguía y Martínez-Zarzoso, 2022; Sanz-barbero et al., 2015; Yapp y Pickett; 2019). Sin embargo, no encontramos estudios que hayan analizado los mecanismos explicativos de dicha relación. Por ello, el objetivo general de la presente tesis doctoral es examinar posibles procesos que expliquen el vínculo entre la desigualdad económica y la violencia de pareja contra las mujeres. Para ello, planteamos un modelo en el que se otorga un papel central a los procesos intergrupales. Concretamente, proponemos que la desigualdad económica puede promover determinados procesos a nivel grupal entre mujeres y hombres, los cuales, a su vez, se asociarán con actitudes y comportamientos que favorecen la violencia íntima contra las mujeres. En conjunto, esta tesis se estructura en siete capítulos: dos capítulos teóricos iniciales, cuatro capítulos empíricos y un capítulo teórico final dedicado a la discusión de los resultados obtenidos. En relación con los capítulos teóricos, en el Capítulo 1 se presentan datos que justifican la relevancia del tema abordado, así como una revisión de la literatura que sustenta los estudios realizados. Para ello, se incluye tanto la conceptualización de las variables de estudio como la exposición de algunos modelos teóricos que permiten comprender sus causas (en el caso de la violencia de pareja contra las mujeres) o sus consecuencias (en el caso de la desigualdad económica). En el Capítulo 2 se plantea de manera general la problemática que constituye nuestro objeto de análisis y se especifican tanto el modelo propuesto como las preguntas de investigación que guían el desarrollo de la tesis. Con respecto a los capítulos empíricos, comprendidos entre el Capítulo 3 y el 6, cada uno de ellos aborda una pregunta específica de investigación. En el Capítulo 3 se analiza el efecto de la desigualdad económica sobre la percepción de grupos basados en el género. Para ello, recogimos datos a través de dos estudios (Estudio 1, correlacional; Estudio 2, experimental; Ntotal = 995) y los principales resultados mostraron que, aunque la desigualdad económica percibida no activó procesos de categorización basados en el género, sí que influyó en la percepción del contenido de los estereotipos masculino y femenino. Concretamente, las personas que percibían más desigualdad económica (percibida en España, Estudio 1; o experimentalmente inducida, Estudio 2) percibían a los hombres de manera más tradicional: más agénticos y menos comunales. Con respecto al estereotipo femenino, en el Estudio 1 no encontramos relación con la desigualdad percibida, pero en el Estudio 2 encontramos que las personas asignadas a la condicion de alta desigualdad, percibían menos comunalidad en las mujeres. De forma interesante, el efecto de la percepción de desigualdad económica sobre la disminución de comunalidad percibida tanto en el estereotipo femenino como masculino estuvo mediada por la percepción de competición entre mujeres y hombres. Finalmente, en este primer capítulo también encontramos que la desigualdad económica percibida influyó en la autoestereopia de los hombres. Específicamente, una alta desigualdad percibida se relacionó con que ellos se autopercibieran como menos agénticos. Los datos de este capítulo no apoyaron nuestras predicciones en relación al efecto de la desigualdad sobre la dimensión prescriptiva de estereotipos de género. En el Capítulo 4 se examina el efecto de la desigualdad económica sobre la adhesión a creencias esencialistas de género y valores tradicionales sobre la masculinidad. Para ello llevamos a cabo dos estudios experimentales (Estudio 1, en España; Estudio 2, en Italia; Ntotal= 551), en los cuales encontramos que, no por separado pero sí al unir ambas muestras, las personas asignadas a la condición de alta desigualdad económica mostraban una mayor adhesión a ideas esencialistas de género. También encontramos evidencias, en ambos estudios, de que las personas asignadas a dicha condición reportaban una mayor aceptación de un rol masculino tradicional que aquellas ubicadas en la condición de baja desigualdad. No encontramos evidencias a favor de la hipótesis acerca del impacto de la desigualdad económica sobre la estimación de preocupaciones basadas en el honor masculino. En el Capítulo 5 se analizó el impacto de la desigualdad económica sobre el clima normativo percibido entre mujeres y hombres. A través de tres estudios (Estudio 1, correlacional, Estudios 2 y 3, experimentales, Ntotal= 2,035) obtuvimos resultados contundentes que mostraron una relación positiva entre la percepción de desigualdad eoncómica y la percepción de un clima normativo de competición entre estos grupos. Además, en este contexto, la cooperación entre los grupos se percibía como menor. No obtuvimos evidencias del impacto de la desigualdad económica objetiva sobre dicho clima percibido. También recogimos datos acerca de la influencia sobre los climas normativos intragrupales, y encontramos que, en contextos de alta desigualdad económica percibida, se percibía que los hombres competían más y cooperaban menos entre ellos y que las mujeres competían más pero la cooperación percibida entre ellas no se veía afectada. Finalmente, no encontramos evidencias acerca del efecto de la desigualdad percibida sobre la confianza ni endo ni exogrupal. Para finalizar con los capítulos empíricos, en el Capítulo 6 abordamos el efecto del clima normativo de competición entre mujeres y hombres sobre la aceptación de la violencia de pareja contra las mujeres. Con este objetivo, llevamos a cabo tres estudios experimentales (Estudio 1, manipulación en sociedad ficticia; Estudios 2a y 2b, manipulación en la vida real; Ntotal= 1,080).
If we aimed to portray contemporary societies, we would necessarily have to address economic inequality and intimate partner violence against women. On the one hand, the distribution of resources in modern societies is so uneven that, at the global level, it is estimated that the richest 10% of the world’s population holds 51.7% of total global income, whereas the bottom 50% lives on only 9.4% of global income (World Inequality Database, 2020). This marked economic inequality has been shown to have significant consequences for societies and individuals alike (Jetten et al., 2021; Wilkinson y Pickett, 2017). Among these consequences, evidence indicates that it can influence the way people and social groups are perceived, fostering more ambivalent representations (Durante et al., 2017; Tanjitpiyanond et al., 2022) or even more masculinized ones (Moreno-Bella et al., 2019). Likewise, economic inequality has been observed to deteriorate intergroup relations, making them more conflictual or negative (Gordils et al., 2023; Lisnek et al., 2025). On the other hand, despite the measures implemented and certain advances in gender equality, intimate partner violence against women, together with other forms of violence directed at us, continues to display alarmingly high prevalence rates. Worldwide, it is estimated that, on average, 30% of women over the age of 15 have experienced physical or sexual violence by a partner or former partner (WHO, 2021), and that up to 38% of all female homicides recorded globally are perpetrated by intimate partners (WHO, 2024). Considering these figures and the severe consequences associated with this form of violence, numerous theoretical models have been developed to predict the factors that explain it. Among these, those receiving the strongest theoretical and empirical support are models adopting a multifactorial approach that highlights the structural and social nature of violence against women (p. ej., Heise, 1998). In this context, several studies have reported a relevant association between these two phenomena: in settings characterized by greater economic inequality, men perpetrate more violence against their female partners (p. ej., Torres Munguía y Martínez-Zarzoso, 2022; Sanz-Barbero et al., 2015; Yapp y Pickett, 2019). However, to date, no studies have examined the mechanisms that could explain this relationship. Therefore, the overarching aim of this doctoral dissertation is to examine potential processes that explain the link between economic inequality and intimate partner violence against women. To this end, we propose a model that assigns a central role to intergroup processes. Specifically, we propose that economic inequality may foster certain group-level processes between women and men, which in turn would be associated with attitudes and behaviors that support intimate partner violence against women. Taken together, this dissertation is structured into seven chapters: two initial theoretical chapters, four empirical chapters, and a final chapter dedicated to discussing the results obtained. Concerning the theoretical chapters, Chapter 1 presents data that justify the relevance of the topic addressed, along with a review of the literature that grounds the studies conducted. This includes both the conceptualization of the study variables and the presentation of theoretical models that help explain their causes (in the case of intimate partner violence against women) or their consequences (in the case of economic inequality). Chapter 2 outlines, in general terms, the problem that constitutes our object of analysis and specifies both the proposed model and the research questions guiding the dissertation. Regarding the empirical chapters, Chapters 3 through 6 each address a specific research question. Chapter 3 analyzes the effect of economic inequality on the perception of gender-based groups. To do so, we collected data through two studies (Study 1, correlational; Study 2, experimental; Ntotal = 995). The main results showed that, although perceived economic inequality did not activate gender-based categorization processes, it did influence the perceived content of masculine and feminine stereotypes. Specifically, individuals perceiving higher economic inequality (in Spain, Study 1; or experimentally induced, Study 2) perceived men in more traditional terms: more agentic and less communal. Regarding the feminine stereotype, Study 1 showed no relationship with perceived inequality, but in Study 2 participants assigned to the high-inequality condition perceived women as less communal. Interestingly, the effect of perceived economic inequality on the reduction of perceived communality in both the feminine and masculine stereotypes was mediated by the perception of intergroup competition between women and men. Finally, in this first empirical chapter we also found that perceived economic inequality influenced men’s self-stereotyping: higher perceived inequality was associated with men perceiving themselves as less agentic. The data did not support our predictions regarding the effect of inequality on gender stereotype prescriptions. Chapter 4 examines the effect of economic inequality on adherence to essentialist gender beliefs and traditional masculinity values. We conducted two experimental studies (Study 1 in Spain; Study 2 in Italy; Ntotal = 551). The results showed that, although not in each sample separately but when the samples were combined, individuals assigned to the high-inequality condition expressed greater adherence to gender essentialist beliefs. We also found evidence in both studies that participants in the high-inequality condition reported greater acceptance of a traditional masculine role than those in the low-inequality condition. We found no support for the hypothesis concerning the impact of economic inequality on estimates of honor-based masculine concerns. In Chapter 5, we analyzed the impact of economic inequality on the perceived normative climate between women and men. Across three studies (Study 1, correlational; Studies 2 and 3, experimental; Ntotal = 2,035), we obtained strong evidence for a positive relationship between perceived economic inequality and the perception of a normative climate of competition between these groups. Furthermore, in this context, cooperation between women and men was perceived as lower. We did not find evidence for an effect of objective economic inequality on this climate. We also collected data regarding intragroup climates and found that, in contexts of high perceived economic inequality, men were perceived as competing more and cooperating less with each other; women, in turn, were perceived as competing more, although perceived cooperation among them was not affected. Finally, no evidence was found for an effect of perceived inequality on either in-group or out-group trust. To conclude the empirical section, Chapter 6 examines the effect of a normative climate of competition between women and men on the acceptance of intimate partner violence against women. To this end, we conducted three experimental studies (Study 1 using a fictional society; Studies 2a and 2b using real-world contexts; Ntotal = 1,080). With the exception of Study 2a, in which the manipulation and the dependent measure did not function as expected, the results of the remaining two studies (Studies 1 and 2b) provided evidence of a relationship between perceiving an intergroup competitive climate and estimating or reporting higher levels of acceptance of intimate partner violence against women. Finally, in Study 2b we observed that the relationship between normative climate and reported acceptance emerged only among individuals with high adherence to myths about intimate partner violence against women. Finally, Chapter 7 presents a general discussion of the most relevant findings and their relationship with previous literature. We also highlight both theoretical and practical implications, acknowledge the limitations of the studies conducted, and propose new lines of research.
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