La presente tesis doctoral tiene como objetivo principal examinar el papel de la emoción en la memoria prospectiva (MP) y determinar de qué manera los distintos tipos de procesamiento emocional, explícito e implícito, influyen en el rendimiento de esta función en dos condiciones neurológicas diferenciadas: el envejecimiento sano y el ictus. Se partió de la hipótesis de que la emoción no constituye un mero modulador periférico de la cognición, sino que es un componente estructural de la organización prospectiva de la conducta, capaz de facilitar o interferir en la planificación futura, dependiendo del nivel de conciencia y control implicado. En este sentido, esta tesis se propone profundizar en los mecanismos cognitivo-afectivos que sustentan la interacción entre emoción y MP, entendida esta última como la capacidad de recordar el llevar a cabo acciones intencionadas en el futuro.
El estudio se enmarca en el área de la neurociencia afectiva. Dentro de este campo, la memoria prospectiva emocional (MPE) representa un fenómeno singular porque requiere mantener una intención futura activa en la mente y, al mismo tiempo, monitorizar el entorno en busca de señales que activen esa intención, todo ello en presencia de información emocionalmente significativa. En la vida cotidiana, esta capacidad resulta esencial para la autonomía funcional y la autorregulación, permitiendo que las emociones orienten la acción de acuerdo con las metas personales y el contexto motivacional del individuo.
La tesis aborda una cuestión fundamental: ¿afecta el tipo de procesamiento emocional, explícito o implícito, al rendimiento en la MP?, y ¿de qué modo interviene el grado de automaticidad en esa relación? Estas preguntas surgieron de la observación de los estudios previos sobre MP y emoción que ofrecían resultados contradictorios. Parte de estos trabajos (e.g., Altagassen et al., 2010; Cook et al., 2015; Katsimu at al., 2020; Peng et al., 2019) mostraron un efecto facilitador de la emoción sobre el recuerdo de intenciones, mientras que otros (e.g., Ballhausen et al., 2015; Dolos y McCarthy, 2006) pusieron de manifiesto la existencia de interferencias, especialmente cuando los estímulos eran negativos o muy intensos. Una de las razones de esta discrepancia radica en que la mayoría de las investigaciones no han diferenciado entre procesamiento explicito, aquel en el que el individuo identifica explícita y voluntariamente la emoción, y el procesamiento implícito, que se produce de manera automática y sin conciencia plena de la información emocional.
El debate entre automaticidad y control en el procesamiento emocional se ha convertido en una de las cuestiones más relevantes de la neurociencia afectiva. Mientras que los modelos tradicionales defendían que las emociones implican siempre una evaluación explícita (e.g. Lazarus, 1991), las investigaciones más recientes plantean una visión más matizada: por un lado, LeDoux (1996) mostró la existencia de vías rápidas, subcorticales (a través de la amígdala) que permiten activaciones emocionales sin mediación cognitiva deliberada; por otro lado, Pessoa (2017) argumenta que, en gran parte de los casos, el procesamiento emocional depende del estado de atención, los recursos ejecutivos y la red de control cortical, de modo que no puede considerarse un procesamiento emocional puramente automático. En esta línea, la tesis se sitúa precisamente en ese punto de convergencia, planteando que la eficacia de la MP depende de la interacción dinámica entre dos tipos de procesamiento: un sistema explícito, vinculado a la conciencia, al lenguaje y al control ejecutivo, y a un sistema implícito, basado en la activación automática de estructuras como la amígdala, el hipocampo o la ínsula.
El objetivo último ha sido analizar cómo estos dos tipos de procesamiento emocional se comportan en dos condiciones neurológicas: el envejecimiento sano, donde los recursos del control cognitivo se reducen de manera progresiva, y el ictus, donde el daño cerebral puede alterar los circuitos frontolímbicos responsables de integrar emoción y cognición.
De este planteamiento general se derivan los siguientes objetivos específicos:
(i) Analizar los efectos del envejecimiento sobre la MPE, diferenciando el impacto del procesamiento explícito frente al implícito de los estímulos afectivos.
(ii) Analizar los efectos del ictus sobre la MPE, diferenciando el impacto del procesamiento explícito e implícito de los estímulos afectivos.
(III) Aportar hallazgos empíricos que permitan ampliar el marco teórico sobre el MPE, ofreciendo una visión integradora de la interacción entre emoción y MP en condiciones de vulnerabilidad neurológica.
Para alcanzar estos objetivos, la tesis se estructuró en dos grandes bloques experimentales. El primero se centró en el envejecimiento sano y comprendió dos experimentos: uno sobre la MPE con procesamiento emocional explícito y otro con procesamiento implícito. El segundo bloque abordó el ictus y siguió la misma estructura experimental que el primer bloque.
En el bloque del envejecimiento, participaron adultos mayores y jóvenes como control, todos ellos sin deterioro cognitivo ni síntomas depresivos significativos. En el bloque del ictus, se incluyeron pacientes con diagnóstico confirmado y controles sanos sin diferencias significativas en edad, sexo ni nivel educativo. Se controlaron variables clínicas como la lateralidad de la lesión y el tiempo postictus. En todos los casos se aplicó una batería de pruebas que incluía el MoCA para el cribado cognitivo y el BDI-II para la depresión, y un test de identificación emocional compuesto por 24 rostros virtuales que representaban las seis emociones básicas.
En los experimentos se utilizaron tareas de MPE específicamente diseñadas para la investigación. En las tareas explícitas, los participantes debían identificar explícitamente el contenido emocional de las claves que señalaban el momento de ejecutar una acción futura. En las tareas implícitas, se desviaba la atención hacia la información no emocional de los estímulos y los participantes debían identificar las características físicas de los rostros presentados.
Los resultados obtenidos se han agrupado de acuerdo con los objetivos planteados y nos han permitido establecer un patrón diferencial entre el envejecimiento sano y el ictus en cuanto a su rendimiento en la MPE y fundamentalmente son:
(i) En el bloque de envejecimiento, se observó un efecto diferencial del tipo de procesamiento emocional sobre la MPE. Bajo procesamiento explícito, los adultos mayores obtuvieron un rendimiento inferior al de los jóvenes, especialmente cuando las claves tenían valencia negativa. Bajo procesamiento implícito, si bien los adultos mayores mostraron un rendimiento global inferior al de los jóvenes, la presencia de contenido emocional en los estímulos no supuso un deterioro adicional respecto a los estímulos neutros, ni la diferencia entre grupos se vio modulada por la emocionalidad de las claves. Este patrón sugiere que el procesamiento implícito de la emoción no añade coste cognitivo a la tarea prospectiva, a diferencia de lo observado en el procesamiento explícito.
(ii) En el bloque de ictus, se replicó un patrón análogo. En la condición de procesamiento explícito, los pacientes mostraron una tendencia a un rendimiento inferior al de los controles (p=.071), que, aunque no alcanzó el umbral de significación estadística convencional, apunta a una posible alteración en la integración entre emoción y cognición tras el daño cerebral. En la condición de procesamiento implícito, los pacientes de ictus no mostraron un deterioro adicional asociado a la emocionalidad de los estímulos respecto a su grupo control, lo que sugiere que los procesos implícitos podrían mantenerse parcialmente funcionales independientemente del daño cortical.
(iii) En conjunto, estos resultados permiten proponer una extensión del modelo neurocognitivo de la MP que incorpore un nivel modulador afectivo: bajo procesamiento explícito, la emoción incrementa la carga de control y puede perjudicar el inicio de la intención en sistemas vulnerables; bajo procesamiento implícito, la emoción no añade carga de control adicional, lo que permite preservar el rendimiento prospectivo. Además, la capacidad individual de identificación de expresiones faciales emocionales predijo de forma consistente el rendimiento en la MPE en los cuatro experimentos, con independencia del paradigma de procesamiento y de la población estudiada.
Los hallazgos de esta tesis doctoral muestran que la emoción desempeña un papel estructural en el MP porque influye en los procesos que permiten recordar y ejecutar intenciones futuras. La emoción puede hacer que ciertas señales resulten más relevantes, más fáciles de detectar o más memorables, y puede orientar la atención hacia los elementos que ayudan a activar la intención en el momento adecuado. En conjunto, estos resultados confirman que la emoción no es un componente accesorio, sino una parte fundamental del funcionamiento de la MP.
En segundo lugar, los resultados han confirmado que el procesamiento implícito de la emoción no añade coste cognitivo a la tarea prospectiva en ninguna de las dos condiciones neurológicas, lo que permite preservar el rendimiento incluso en presencia de información emocionalmente relevante. Este hallazgo tiene implicaciones relevantes en primer lugar, para la compresión de los procesos básicos tanto en el declive propio del envejecimiento como en el deterioro asociado al daño cerebral. En segundo lugar, nos aporta una mejor compresión del grado de automaticidad del procesamiento emocional. Y, por último, ayudará en un futuro al diseño de programas de intervención que aprovechen las rutas de procesamiento preservadas. El envejecimiento no supone una pérdida global de la función emocional, sino una reconfiguración de las estrategias cognitivas que priorizan la regulación positiva y la eficiencia afectiva. En el caso del ictus, esto sugiere que, incluso en presencia de daño cerebral, la emoción puede actuar como vector de rehabilitación y recuperación funcional.
This doctoral thesis aims to examine the role of emotion in prospective memory (PM) and to determine how different modes of emotional processing (explicit and implicit) influence performance in two distinct neurological and life-course conditions (healthy ageing and stroke). The thesis is grounded in the hypothesis that emotion is not merely a peripheral modulator of cognition, but rather a structural component of the prospective organization of behaviour, capable of facilitating or interfering with future-oriented planning depending on the degree of awareness and control involved. Accordingly, the thesis seeks to deepen our understanding of the cognitive–affective mechanisms underpinning the interaction between emotion and PM, the latter being defined as the ability to remember to carry out intended actions in the future.
The work is situated within the field of affective neuroscience. Within this domain, emotional prospective memory (EPM) constitutes a distinctive phenomenon because it requires maintaining a future intention active in mind while simultaneously monitoring the environment for cues that trigger that intention, all in the presence of emotionally significant information. In everyday life, this capacity is crucial for functional autonomy and self-regulation, enabling emotions to guide action in accordance with personal goals and the individual’s motivational context.
The thesis addresses a fundamental question: does the type of emotional processing (explicit or implicit) affect PM performance, and how does the degree of automaticity shape this relationship? These questions emerged from prior research on PM and emotion that has yielded contradictory findings. Some studies (e.g., Altgassen et al., 2010; Cook et al., 2015; Katsumi et al., 2020; Peng et al., 2019) have reported a facilitating effect of emotion on the retrieval of intentions, whereas others (e.g., Ballhausen et al., 2015; Dolcos and McCarthy, 2006) have evidenced interference, particularly when stimuli are negative or highly intense. One key reason for this discrepancy is that most investigations have not distinguished between explicit processing (where individuals deliberately and consciously identify the emotion) and implicit processing (which unfolds automatically and without full awareness of the emotional information).
The debate between automaticity and control in emotional processing has become one of the most salient issues in affective neuroscience. Whereas traditional models argued that emotions invariably involve explicit appraisal (Lazarus, 1991), more recent work proposes a more nuanced account. On the one hand, LeDoux (1996) demonstrated the existence of fast, subcortical pathways (via the amygdala) that enable emotional activations without deliberate cognitive mediation. On the other hand, Pessoa (2017) contends that, in many cases, emotional processing depends on attentional state, executive resources, and cortical control networks, and thus cannot be regarded as purely automatic. In this context, the present thesis is positioned at this point of convergence, proposing that PM efficiency depends on the dynamic interaction between two processing systems. These comprise an explicit system (linked to consciousness, language, and executive control) and an implicit system (grounded in automatic activation of structures such as the amygdala, hippocampus, and insula).
The overarching objective was to analyze how these two modes of emotional processing operate in two neurological conditions. These were healthy ageing (in which cognitive control resources decline progressively) and stroke (in which brain injury may disrupt fronto-limbic circuits responsible for integrating emotion and cognition).
From this general framework, the following specific aims were derived: (i) to analyze the effects of ageing on EPM, distinguishing the impact of explicit versus implicit processing of affective stimuli; (ii) to analyze the effects of stroke on EPM, distinguishing the impact of explicit versus implicit processing of affective stimuli; and (iii) to provide empirical findings that contribute to extending the theoretical framework of EPM, offering an integrative account of the interaction between emotion and PM under conditions of neurological vulnerability.
To achieve these aims, the thesis was organized into two major experimental blocks. The first focused on healthy ageing and comprised two experiments (one examining EPM under explicit emotional processing and another under implicit processing). The second block addressed stroke and followed the same experimental structure as the first.
In the ageing block, older adults and younger controls participated, all without cognitive impairment or clinically significant depressive symptoms. In the stroke block, patients with a confirmed diagnosis and healthy controls with no significant differences in age, sex, or education were included. Clinical variables such as lesion laterality and time post-stroke were controlled. Across all studies, a test battery was administered including the MoCA (Nasreddine et al., 2005) as a cognitive screening measure, the BDI-II for depression (Beck et al., 1996; Sanz et al., 2003), and an emotion identification task comprising 24 virtual faces depicting the six basic emotions.
The experiments employed EPM tasks specifically designed for the present research. In the explicit tasks, participants were required to explicitly identify the emotional content of the cues signaling when to execute a future action. In the implicit tasks, attention was diverted to non-emotional aspects of the stimuli, and participants were required to identify the physical features of the presented faces.
The results are organized according to the stated aims and reveal a differential pattern between healthy ageing and stroke with respect to EPM performance. Specifically, (i) in the ageing block, a differential effect of emotional processing type on EPM was observed: under explicit processing, older adults performed more poorly than younger adults, particularly when cues werenegatively valenced; under implicit processing, although older adults showed overall lower EPM performance than younger adults, the presence of emotional content did not produce additional impairment relative to neutral stimuli, nor did the group difference vary as a function of stimulus emotionality, suggesting that implicit emotional processing does not impose an added cognitive cost on prospective performance; (ii) in the stroke block, an analogous pattern was observed: under explicit processing, stroke patients showed a trend toward lower performance than controls (p=.071), which, although it did not reach conventional statistical significance, points to a possible disruption in the integration of emotion and cognition; under implicit processing, stroke patients did not exhibit additional impairment associated with stimulus emotionality relative to their control group, suggesting that implicit processes may remain partially functional despite cortical damage;
and (iii) taken together, these findings support an extension of Henry’s (2021) neurocognitive model of PM that incorporates an affective modulatory level: under explicit processing, emotion increases control demands and may hinder intention initiation in vulnerable systems, whereas under implicit processing, emotion does not add additional control demands, which preserves prospective performance. Additionally, individual emotion identification ability consistently predicted EPM performance across all four experiments, regardless of processing paradigm or population.
Overall, the findings indicate that emotion plays a structural role in PM insofar as it shapes the processes that enable the retrieval and execution of future intentions. Emotion can render certain cues more salient, easier to detect, or more memorable, and it can orient attention toward information that facilitates intention activation at the appropriate moment. Taken together, these results support the view that emotion is not an accessory component, but a core element of PM functioning.
In addition, the results indicate that implicit emotional processing does not impose an additional cognitive cost on the prospective task in either neurological condition, which preserves performance even in the presence of emotionally relevant information. This finding has relevant implications for understanding basic mechanisms in age-related cognitive decline and in impairment associated with brain damage, for clarifying the degree of automaticity in emotional processing, and for informing the development of interventions that capitalize on preserved processing routes. Ageing does not entail a global loss of emotional function, but rather a reconfiguration of cognitive strategies that prioritize positive regulation and affective efficiency. In stroke, the present findings suggest that, even in the presence of brain injury, emotion may function as a vector for rehabilitation and functional recovery.
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