La presente investigación analiza críticamente el desgaste que ha padecido el término «nómada» en el discurso artístico y académico en general. Muestra cómo su uso indiscriminado, por una parte, ha trastocado su definición física original y, por otra, ha diluido tanto su sentido ontológico como su potencialidad política. También desvela la hipocresía de sus aplicaciones en el campo de la estética. Desde un punto de vista físico, el problema va más allá de un simple embrollo semántico. Hoy todos se consideran nómadas sin serlo. Esta luxación conceptual amenaza con fulminar las diferencias entre los que se desplazan por voluntad y los que lo hacen por obligación o entre los que recorren el mundo sin mayor preocupación y los que lo hacen de manera responsable. En suma, nos arriesgamos a borrar las diferencias de clase a escala global. Paradójicamente, el nomadismo estándar perpetua el modelo territorializado que ha implementado la narrativa dominante del viaje, contada por los sedentarios que partían y luego regresaban, los mismos que han invisibilizado y marginado ciertas formas de transitar el espacio a lo largo de la historia. En términos ontológicos y políticos, se ha desvirtuado la densidad filosófica que alcanzó la nomadología en las décadas de los setenta y los ochenta hasta desactivar su fuerza transformadora; y, en el plano estético, el aparato museológico ha aprovechado la confusión conceptual para vender la ideología de la fluidez como una pose subversiva. Con todo, la solución no pasa por recriminar las malinterpretaciones ajenas o, peor, por eliminar el término del vocabulario. Hay que resignificar el nomadismo, adaptarlo al presente, demostrar que, bien aplicado, es una ficción política útil y una herramienta poderosa de autoconocimiento. Sólo así podrá recuperar su lugar como motor del proceso creativo y potenciar el discurso de quienes hacen del viaje una estrategia artística.
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