Esta tesis doctoral, presentada en la Universitat Abat Oliba CEU de Barcelona en 2025, propone una reflexión filosófica sistemática sobre la sabiduría y su relación con el bien, en el marco de la denominada Escuela Tomista de Barcelona. El trabajo nace de una propuesta del director de tesis, el profesor Enrique Martínez García, quien invitó al autor a pensar la sapientia cordis, un concepto que Jaime Bofill y Francisco Canals habían insinuado pero nunca desarrollado de forma monográfica. La motivación es también cultural: en un contexto marcado por la fragmentación del saber y la disociación entre conocimiento y afecto, la sapientia cordis se presenta como una vía de unidad, profundidad y plenitud para la vida humana.
El trabajo se inserta conscientemente en la tradición filosófica tomista, heredera de la síntesis agustiniano-tomista, enriquecida por la espiritualidad de san Ignacio de Loyola y de santa Teresa del Niño Jesús. Las fuentes principales son los textos de santo Tomás de Aquino —especialmente la Summa Theologiae, el De Veritate y los comentarios a Aristóteles—, los escritos de san Agustín, y las obras de los grandes maestros de la Escuela Tomista de Barcelona: Jaime Bofill y Francisco Canals.
La Escuela Tomista de Barcelona: origen y figuras El preámbulo de la tesis dedica un espacio significativo a describir la Escuela Tomista de Barcelona, indispensable para entender el horizonte en el que se mueve la investigación. Desde la promulgación de la encíclica Aeterni Patris por León XIII en 1879, se produjo un llamado a restaurar la filosofía cristiana a través del pensamiento de santo Tomás de Aquino.
En Barcelona, el jesuita Ramón Orlandis i Despuig (1873–1958) fue el fundador e impulsor de esta tradición, a través de la formación de jóvenes seglares en el seno del Apostolado de la Oración, dentro de la llamada Schola Cordis Iesu. Orlandis abandonó el suarismo propio de la Compañía de Jesús para abrazar el tomismo con libertad intelectual, promoviendo: la primacía del ser y su difusividad (bonum est diffusivum sui), la recuperación de la herencia agustiniana —especialmente la metafísica del espíritu humano como imagen de la Trinidad—, la importancia del amor de amistad en la contemplación, y la estructura ternaria del ente según san Agustín: modo, especie y orden.
Su discípulo más destacado, Jaime Bofill i Bofill (1910–1965), quien obtuvo la Cátedra de Metafísica en la Universidad de Barcelona en 1951, llevó estas ideas a nuevas cumbres. Su obra más conocida, La escala de los seres o el dinamismo de la perfección, culmina la intuición de Orlandis sobre la unidad entre conocimiento y amor, y desarrolla la tesis de la duplex cognitio: dos modos generales de conocer, uno esencial-objetivo y universal, otro existencial, inmediato y singular. Bofill sostuvo que la persona, en cuanto singular y subsistente, no es objeto de ciencia sino de contemplación.
La escuela fue consolidada definitivamente por Francisco Canals Vidal, sucesor de Bofill en la cátedra, quien integró la síntesis tomista-agustiniana con la espiritualidad ignaciana y teresiana, y extendió la influencia de la escuela por el mundo hispánico. De esta tradición forman parte también autores como José María Petit, Eudaldo Forment, Antonio Amado y Enrique Martínez, entre otros.
Los tres prenotandos (Parte I) Antes de abordar el dinamismo perfectivo de la vida humana, la tesis establece tres prenotandos fundamentales que pertenecen a la enseñanza propia de la Escuela Tomista de Barcelona y constituyen los pilares sobre los que se construye el concepto de sapientia cordis: 1. Modo, especie y orden. San Agustín, en su obra De natura boni, afirma que Dios hizo todas las cosas con medida, número y peso —modus, species et ordo— como bienes generales presentes en toda la creación. El modus es la proporción y límite que define a cada cosa; la species es la forma esencial que la hace ser lo que es; el ordo es la disposición armoniosa hacia un fin. Cuanto mayor es la presencia de estos tres elementos en un ser, mayor es su bondad y perfección; su ausencia equivale a la ausencia de naturaleza misma. El mal, por tanto, no es una sustancia sino una privatio boni: la ausencia o corrupción del modo, la especie o el orden debidos. Santo Tomás recibe esta herencia agustiniana, la vincula a la teoría aristotélica de las cuatro causas —identificando el modo con la causa material-eficiente, la especie con la causa formal, y el orden con la causa final— y la integra en su metafísica de la participación, donde todo ente finito es bueno por cuanto participa del ser y la bondad divinos.
2. Memoria de sí (memoria sui). El alma humana, en cuanto sustancia espiritual, posee una autopresencia constitutiva: se conoce a sí misma existencialmente con un conocimiento inmediato, singular y perceptivo, distinto del conocimiento esencial-objetivo y universal. Esta memoria sui no es mero recuerdo temporal, sino autopresencia sustancial: el alma está presente a sí misma de modo permanente y dinámico. Esta presencia es el fundamento de todo autoconocimiento existencial y el origen de la capacidad del alma para pronunciar un juicio sobre sí misma y sobre el bien.
3. El verbum cordis. A partir de la experiencia sensible, el lumen cordis —luz del entendimiento agente entendida como luz interior del corazón— ilumina las imágenes sensibles y las eleva a especies inteligibles. De esta unidad entre intelecto y lo inteligible brota el verbum mentis, el concepto o juicio interior. Pero cuando este verbo está enraizado en la sustancialidad del alma —en su mens, notitia y amor—, se convierte en verbum cordis: no es ya solo un concepto que dice lo que las cosas son, sino una palabra impregnada de la orientación natural del corazón hacia el bien. Como enseña san Agustín, "fecisti nos ad te et inquietum est cor nostrum, donec requiescat in te": el corazón es el núcleo sustancial del alma, con un peso ontológico (pondus) que la ordena naturalmente a Dios como bien supremo. El verbum cordis expresa, así, la síntesis entre inteligencia, memoria y amor.
El dinamismo perfectivo de la vida humana (Parte II) La segunda parte de la tesis aborda el dinamismo perfectivo como estructura constitutiva de la vida humana. Siguiendo el método aristotélico, el análisis parte del movimiento sensible —la physis, principio intrínseco de movimiento y reposo en los seres naturales— y asciende a la metafísica.
La physis se revela como la forma sustancial (ousía) en acto (entelecheia): no una fuerza ciega, sino la esencia actuante que es a la vez lo que el ente natural es y aquello por lo cual se mueve y crece hacia su plenitud. Santo Tomás asume y profundiza esta doctrina: la forma específica la existencia, pero es el esse —el acto de ser— el que confiere la actualidad radical del ente, siendo un don de Dios que hace ser la cosa misma desde la nada.
Sobre esta base, la tesis desarrolla la escala de los entes siguiendo a Bofill: hay una jerarquía de perfección que asciende desde los seres inorgánicos, pasando por los vegetales, los animales sensitivos, y culminando en el ser personal. La persona es el ser más perfecto de la naturaleza visible porque es el único capaz de reflexión, autoconciencia y amor espiritual: vive secundum intellectum. Esta vida intelectual y volitiva no es solo cognitiva sino afectiva: la síntesis de conocimiento y amor es la estructura propia de la vida humana en su dinamismo perfectivo.
La perfección final de la vida humana no se agota en el orden natural: el hombre está llamado a la visión beatífica, donde el entendimiento contempla la esencia divina y la voluntad se une a ella por la caridad. Esta vocación trascendente es la clave última del dinamismo perfectivo humano.
Las virtudes intelectuales (Parte III) La tercera parte examina las virtudes intelectuales como hábitos que perfeccionan el juicio del entendimiento. La tesis distingue las virtudes del orden especulativo —inteligencia de los primeros principios, ciencia y sabiduría— de las del orden práctico —prudencia— y poiético —arte—.
Especial atención merece la prudencia, que articula el conocimiento con la acción. Sin embargo, la tesis destaca la aporía central: la sabiduría, en cuanto virtud intelectual pura, puede darse en quien no es bueno moralmente. El sabio aristotélico conoce las causas supremas, pero eso no lo hace necesariamente virtuoso. Esta tensión entre saber y ser no encuentra resolución dentro del marco de las virtudes intelectuales por sí solas, y exige ir más allá: hacia la connaturalidad afectiva con el bien.
La sabiduría y la sapientia cordis (Parte IV, núcleo de la tesis) La cuarta y más extensa parte aborda la sabiduría en sus diversas dimensiones y culmina en el concepto central de la tesis.
Sabiduría filosófica y virtud. Desde Homero hasta Aristóteles, la sabiduría designó al que conoce las causas supremas y puede juzgar sobre la totalidad del orden real. Para santo Tomás, la sabiduría es la más alta de las virtudes intelectuales: juzga sobre todas las cosas desde las causas más universales. El juicio sapiencial exige dos dimensiones inseparables: profundidad —penetrar en la esencia íntima de las cosas, alcanzar los principios más radicales— y amplitud —una universalidad formal, no genérica, capaz de abarcar el orden universal desde sus causas—. Cuanto más profundo es el concepto, más amplio resulta; cuanto más amplio, más penetra en lo singular concreto.
La connaturalidad afectiva. La solución a la aporía del sabio que no es bueno se encuentra en el concepto de connaturalidad: el conocimiento recto del bien no solo surge del razonamiento sino de una afinidad afectiva con las realidades que se juzgan. Quien ama el bien posee una inclinación natural que le permite juzgar rectamente sobre él, no solo por vía de la razón sino por vía del corazón. Esta connaturalidad se produce por la caridad, que une al alma con Dios.
El don de sabiduría. Más allá de la virtud intelectual, la tesis examina la sabiduría como don del Espíritu Santo: trasciende el mero acto intelectual y radica en la voluntad movida por la caridad. Santo Tomás, siguiendo a Dionisio Areopagita, distingue entre quien aprende lo divino y quien lo experimenta: el verdadero sabio no solo discit sino que patitur divina —no solo aprende, sino que padece lo divino—. Este don es incompatible con el pecado mortal, porque requiere la rectitud moral del sujeto.
La sapientia cordis. En la síntesis de todos estos elementos emerge el concepto central de la tesis: la sabiduría del corazón. La sapientia cordis no es una mera virtud intelectual ni un don sobrenatural separado de la vida afectiva: es una forma de conocimiento que nace de la connaturalidad afectiva con el bien, el juicio que brota del corazón entendido como núcleo sustancial del alma, donde convergen entendimiento y voluntad. En ella, el conocimiento se hace amor y el amor se hace conocimiento. El verbum cordis —la palabra interior que brota de la sustancia del alma iluminada por la caridad— expresa esta síntesis perfecta. No es conocer sobre el bien sino conocer desde el bien, porque el alma ha sido transformada por él.
La contemplación es la forma más alta de sapientia cordis: en ella, la gloria y la revelación divinas se reciben no solo como representación objetiva sino como spirans amorem —como amor que respira—, según la expresión de Bofill que da epígrafe a la introducción de la tesis.
Amistad y sabiduría. La tesis culmina en la relación entre sabiduría y amistad. La amistad verdadera (philia) es participación en el bien del otro: no se reduce al placer o la utilidad sino a la comunión de vida. La amicitia Dei —la amistad con Dios— es la forma consumada de la sapientia cordis: en ella, el conocimiento verdadero no se agota en la aprehensión intelectual sino que se perfecciona en la unión amorosa. En la visión beatífica, el entendimiento contempla la esencia divina y la voluntad se une a ella por la caridad; esta unión es amistad, y esta amistad es sabiduría. La amistad con Dios constituye la unidad más alta en el universo creado.
Conclusiones La tesis concluye con una síntesis integradora en cuatro momentos. Primero, recapitula el itinerario ascendente: desde la ontología del ente —modo, especie y orden— hasta la interioridad del espíritu humano —memoria sui, verbum cordis—, pasando por el dinamismo perfectivo de la vida humana, las virtudes intelectuales y la sabiduría, hasta llegar a la sapientia cordis como síntesis y horizonte. Segundo, resume la sabiduría del corazón como forma de conocimiento que no separa inteligencia y amor, verdad y bien, contemplación y comunión. Tercero, señala los aportes específicos de la Escuela Tomista de Barcelona: la duplex cognitio de Bofill, la ontología del conocimiento de Canals, la lectura agustiniana de la memoria sui, y la recuperación de la sapientia cordis como concepto especulativo unitario. Cuarto, abre líneas futuras de investigación: las implicaciones pedagógicas de este modelo de sabiduría, su relación con la teología mística, y su relevancia para repensar la relación entre fe y razón en el mundo contemporáneo.
La tesis concluye reafirmando que la vida humana es un camino de perfección que culmina en la comunión con Dios, donde conocer es amar y amar es poseer. La sapientia cordis constituye el horizonte último de la vida intelectual y afectiva del ser humano, porque en ella se consuma la vocación del espíritu: pronunciar el verbum cordis que es a la vez palabra de verdad y acto de amor, imagen del Verbo divino que, al ser pronunciado por el Padre, es ya el eterno acto de conocimiento y amor del que procede toda sabiduría.
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