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El libro como espacio público

  • Autores: José Andrés Quintanar Iniesta
  • Directores de la Tesis: Emilio Tuñón Álvarez (dir. tes.)
  • Lectura: En la Universidad Politécnica de Madrid ( España ) en 2026
  • Idioma: español
  • Tribunal Calificador de la Tesis: Manuel Blanco Lage (presid.), Ángela Juarranz Serrano (secret.), Lluís Alexandre Casanovas Blanco (voc.), Gerardo Vilches Fuentes (voc.), Selina Blasco (voc.)
  • Programa de doctorado: Programa de Doctorado en Arquitectura, Diseño, Moda y Sociedad por la Universidad Politécnica de Madrid
  • Materias:
  • Enlaces
  • Resumen
    • Alterar los sistemas de producción, controlar los medios de distribución y generar nuevos contextos fuera de toda estructura de poder en los que el arte sea contemplado. Bajo estas premisas radicales, en los años sesenta, una nueva generación de artistas trataba de crear una nueva esfera pública para el arte. Erradicar el objeto de deseo, la piedra sobre la que todo sistema del arte se sostenía. Así, las ideas, los conceptos, las acciones y las intervenciones in situ, en el paisaje y la ciudad, ocuparon gran parte de toda la producción artística de aquellos años. La desmaterialización del objeto artístico hizo que muchos artistas encontraran en el formato impreso del libro un espacio sobre el que trabajar. Su capacidad de multiplicación y reproducción lo convertía en un formato perfecto, un objeto de consumo, barato y accesible a todo el mundo. Un soporte con el que democratizar el arte, liberarlo del mercado y la institución, y volverlo público.

      Pero bajo esta premisa política y subversiva el formato escondía sus propias particularidades. Una lógica propia que transgredía toda tradición y que generaba unas nuevas reglas de juego para el artista. Un nuevo lenguaje que quebrantaba una nueva manera de hacer y de pensar y que planteaba un nuevo modo de comprender la obra de arte. No como un objeto que fuera contemplado al igual que una pintura o una escultura mediante una mirada contemplativa, sino que el libro tenía que comprenderse más bien como un dispositivo poético de comunicación.

      Uno de los primeros artistas en adoptar al libro como formato fue Ed Ruscha, un foco de influencia para gran parte de los artistas de aquella generación. Sus libros de fotografías intentaban capturar la particularidad de una cultura, el paisaje de la ciudad de Los Ángeles. Bajo una apariencia sencilla, bromista y desprejuiciada, los libros escondían una lógica sofisticada y precisa que permitía que estos fueran concebidos como una imagen, un retrato o un paisaje. Los elementos del libro, las páginas, se convertían en las líneas de un dibujo, que separadas no dicen nada, pero juntas son capaces de construir una imagen más grande. Una imagen fantasma, que no vemos, pero que aparece y se construye en la mente del lector. Pero comprender su funcionamiento pasa primero por comprender la condición de especificidad y performatividad del formato. Conceptos que liberan al libro de su función histórica de medio, permiten que sea comprendido como obra y establece la figura de un nuevo lector. Un lector emancipado y político que tiene capacidad para interpretar y decidir como moverse a través de las páginas del libro y que no necesita de un conocimiento previo para poder comprenderlo. De este modo, el libro de artista se vuelve un objeto más inclusivo. Un espacio alternativo al espacio expositivo que se hace público y que cobra una mayor dimensión al comprender la totalidad de la práctica editorial. Una práctica artística que no termina con la sola la creación de libros, sino que se expande hacia una estrategia social y cultural, capaz de construir un espacio público mayor. Es decir, una comunidad.


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