La comprensión analógica del deseo en la tradición aristotélico-tomista El deseo ocupa un lugar central en la vida humana y, sin embargo, la filosofía contemporánea lo ha abordado de manera reduccionista. El vitalismo romántico y nietzscheano lo elevó a fin último de la acción, convirtiendo el deseo en su propio objeto y haciendo imposible el descanso en lo alcanzado; el psicoanálisis freudiano y el pensamiento foucaultiano lo confinaron a su dimensión sexual, empobreciendo su alcance antropológico; el estoicismo y las tradiciones orientales propusieron suprimirlo como fuente de sufrimiento, buscando una ataraxia libre de toda perturbación; y el nihilismo lo declaró fundamentalmente insatisfacible, convirtiendo la vida desiderativa en un ejercicio absurdo.
A pesar de sus profundas diferencias doctrinales y cronológicas, todas estas corrientes comparten una lectura unívoca del deseo que ha desorientado al hombre contemporáneo, llevándolo o bien a desear de forma desordenada, o bien a perder la capacidad misma de desear. Frente a este panorama, la presente investigación propone recuperar la naturaleza analógica del deseo desde el pensamiento aristotélico-tomista. El enfoque adoptado es novedoso: a diferencia de la mayor parte de la literatura precedente, que ha abordado la cuestión desde una perspectiva moral o teológica, esta tesis emprende una demostración propter quid que remonta el deseo hasta sus principios físicos y metafísicos, buscando su raíz antes de explicar sus manifestaciones.
El primer capítulo establece el marco fundacional a partir de la estructura acto-potencial del ente natural formulada por Aristóteles. La solución aristotélica al problema del ser introduce un modo de ser intermedio entre el no-ser y el ser pleno: la potencia. Desde este horizonte, los entes naturales no se mueven de manera mecánica, sino que tienden hacia lo que son llamados a ser; la potencia desea su acto como la materia desea su forma. El cambio no es violento, como en Platón, sino la realización de una tendencia inscrita en el propio sujeto. Aristóteles explica así un orden teleológico en el que todo ser se mueve hacia su acto como hacia su perfección y su fin. Su célebre definición del movimiento —el acto del ente en potencia en cuanto está en potencia— proporciona además la base estructural para comprender el deseo como acto imperfecto orientado hacia su propia consumación, y servirá de modelo para proponer una nueva definición del deseo.
Tomás de Aquino recoge esta estructura y la trascendentaliza, vinculando acto y potencia con ser y esencia. El ser, recibido como acto, es principio de perfección y fundamento dinámico de lo real, de modo que la esencia lo desea como la potencia desea el acto. Esta metafísica del ser conduce al Aquinate a situar a Dios como Ipsum Esse Subsistens, principio y fin de todas las criaturas. En cuanto principio, Dios infunde en cada ser la semilla de su perfectividad; en cuanto fin, todas las criaturas tienden hacia Él como hacia la fuente de toda perfección. El deseo encuentra así su razón de ser última: todo deseo auténtico está, en última instancia, ordenado a Dios como bien supremo. Este primer capítulo es indispensable porque la naturaleza del deseo no puede comprenderse sin captar antes la esencia del ente natural como ente móvil y perfectible.
El segundo capítulo constituye el núcleo de la investigación: la identificación del criterio de proporción que permite al deseo funcionar como término analógico a través de sus tres grados —natural, sensitivo y racional—. Para establecer esta analogía es necesario encontrar lo común y lo diferencial entre los distintos modos de desear, y ese criterio se halla en las dos facultades superiores del ser humano: el conocimiento y el amor. El conocimiento logra la unión cognitiva con el objeto deseado, haciéndolo presente en el sujeto; el amor despierta la unión afectiva y pone al sujeto en movimiento hacia la unión real. El deseo se sitúa precisamente entre estas dos uniones: es el movimiento del amor hacia su fin. Cuanto más perfecta es la actualidad del objeto —es decir, cuanto mayor es su participación en el ser— y cuanto más perfecto es el conocimiento que se tiene de él, más perfecto será el deseo. El objeto más cognoscible es la persona y, en grado sumo, Dios; por eso es también el objeto más perfecto del deseo.
Este análisis permite proponer una nueva definición: el deseo como acto del apetito en cuanto está en potencia, un acto marcado por la potencialidad que se impulsa hacia su propia desaparición en el cumplimiento. La verdad del deseo es así paradójica: está destinado a desaparecer para dar paso a un acto más pleno y perfecto. Cuanto más cerca está de su desaparición, más perfecto es. Decisivamente, el deseo no se agota en la ausencia y la concupiscencia: el amor de amistad revela que es también movimiento hacia la comunión y la donación de sí, de modo que la perfección humana consiste en el don de uno mismo en el amor de amistad. El deseo es, en este sentido, causa eficiente de la perfección humana.
El tercer capítulo corona la investigación con la contemplación como perfección de la actividad desiderativa. Cuando el conocimiento y el amor alcanzan su expresión más plena, el deseo se consuma: el sujeto descansa en el bien amado plenamente poseído, hallando en ese descanso el gozo y la plenitud que siempre buscó. La contemplación es el fin propio del deseo y su cumplimiento más alto. Queda así defendida la primacía de la contemplación como fin último de la vida humana, horizonte hacia el que todo deseo debe quedar ordenado.
La tesis, finalmente, abre nuevas líneas de investigación: una pedagogía del deseo articulada en torno a la imaginación, la cogitativa y la virtud; el diálogo con pensadores contemporáneos como Girard, Nussbaum, MacIntyre, Ricoeur o Benedicto XVI; y cuestiones como la purificación y la mística del deseo en San Juan de la Cruz y Dante. Lo que esta investigación ha dejado claro es que el deseo es una cuestión de plena actualidad, y que la tradición aristotélico-tomista ofrece el marco conceptual más adecuado para afrontarla con rigor y profundidad.
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