La COVID-19, causada por el nuevo coronavirus relacionado con el distrés respiratorio grave (SARS-CoV-2), se ha descrito como factor de riesgo de enfermedad tromboembólica. Una de las particularidades del tromboembolismo pulmonar (TEP) asociado a COVID-19 es que los síntomas y signos propios del TEP pueden pasar inadvertidos por la neumonía viral, hecho que dificulta el diagnóstico. La hipótesis de este trabajo es que el TEP asociado a COVID-19 se relaciona con una excesiva respuesta inflamatoria frente a la infección por SARS-CoV-2, con un predominio de la trombosis a nivel de la microcirculación pulmonar. Esta diferente fisiopatología tiene como consecuencia un diferente espectro clínico en cuanto a los síntomas, signos y datos radiológicos. Por tanto, es preciso identificar aquellas variables clínicas que nos pueden ayudar optimizar el diagnóstico del TEP asociado a COVID-19. En la primera parte de nuestro trabajo se incluyeron 224 pacientes con COVID-19 en los que se sospechó TEP durante los meses de marzo y abril de 2020, 69 pacientes presentaron TEP y 155 formaron el grupo control. El dolor torácico de nueva aparición, la hemoptisis, los signos de TVP y la elevación del dímero-D se relacionaron con la presencia de TEP. Posteriormente, se desarrolló un algoritmo diagnóstico utilizando estos parámetros mediante el cual se habrían podido evitar un 33% de los angio-TC de arterias pulmonares realizados. En la segunda parte de nuestro trabajo se registraron 229 pacientes con TEP entre los años 2019 y 2020. Se establecieron dos grupos de pacientes, el grupo de TEP asociado a COVID-19 y el grupo de TEP no relacionado con la COVID-19. Los pacientes con TEP asociado a COVID-19 presentaron menos factores de riesgo, menos signos y síntomas clásicos de TEP y menos datos de gravedad relacionada con el TEP. No existieron diferencias de mortalidad, hemorragias ni recurrencias al año de seguimiento. Sin embargo, la mortalidad y el sangrado durante el primer mes fue mayor en el grupo COVID-19. Estos datos sugieren que el principal determinante de mortalidad en el TEP asociado a COVID-19 es la propia gravedad de la COVID-19 junto con las posibles complicaciones relacionadas con la anticoagulación en forma de sangrado puesto que el 10% de fallecimientos durante el primer mes en el grupo con TEP fue a causa de la hemorragia. Por tanto, se debe realizar una estrecha monitorización del tratamiento anticoagulante y estos datos sugieren que la retirada de la anticoagulación una vez cumplidos los tres meses de tratamiento es razonable, como indican las guías clínicas en escenarios de TEP con un factor de riesgo mayor, salvo que existan otros motivos o factores de riesgo para mantenerla. Como conclusión, la combinación de determinadas variables clínicas junto con los resultados de laboratorio permite optimizar el diagnóstico del TEP asociado a COVID-19. Estos resultados podrían ser extrapolables al diagnóstico del TEP relacionado con otras infecciones respiratorias como la gripe. No obstante, para la aplicación de estos resultados en la práctica clínica serían necesarios estudios de validación externa.
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