Introducción El embarazo es un proceso fisiológico complejo que implica cambios anatómicos, endocrinos, metabólicos, cardiovasculares y respiratorios en la madre, todos dirigidos a sostener y permitir el adecuado desarrollo del feto. El sistema endocrino juega un papel esencial, con aumentos progresivos en estrógenos y progesterona, y el desarrollo de la placenta como órgano endocrino transitorio clave. A nivel metabólico, se observan adaptaciones como el aumento de resistencia a la insulina y redistribución del tejido adiposo, influenciado por hormonas como leptina, cortisol y relaxina.
El concepto de Edad Materna Avanzada (EMA), se define como ser madre primípara a partir de los 35 años. El aumento de la EMA ha sido significativo en Europa, especialmente en España, donde la media de edad se sitúa en los 32 años. Este retraso en la maternidad está asociado a riesgos aumentados tanto para la madre como el feto, y a cambios en la función placentaria.
La placenta, un órgano transitorio que aparece en torno a la segunda semana de embarazo, actúa como barrera entre madre y feto, como vía de intercambio entre ellos, y también como órgano endocrino. Producirá adipoquinas que impactan en el desarrollo placentario y fetal. Estas moléculas modulan procesos como angiogénesis, respuesta inmune, señalización de insulina y transporte de nutrientes, teniendo implicaciones potenciales en complicaciones del embarazo y en el desarrollo fetal. Asimismo, este órgano será el encargado de transportar nutrientes al feto en crecimiento, por lo que una correcta función placentaria a este nivel, es clave para la formación de nuevos tejidos que afectará de forma directa en el proceso de desarrollo y maduración de los órganos y sistemas del feto.
Desde el punto de vista nutricional, cabe destacar la importancia de una alimentación adecuada en cantidad y calidad durante el embarazo, particularmente en una etapa de alta demanda fisiológica. En este sentido, han de tenerse en cuenta macronutrientes, micronutrientes y el papel de los polifenoles, a fin de conseguir unos requerimientos diarios adecuados en este proceso. Se considera una etapa de gran plasticidad en la vida temprana y su influencia en la salud a largo plazo hace que las deficiencias nutricionales pueden impactar directamente en el desarrollo fetal y en la predisposición a enfermedades metabólicas futuras.
La microbiota intestinal, entendiéndose esta como todos los microorganismos que cohabitan en el intestino tiene funciones clave en la digestión, el sistema inmunológico e incluso en procesos neurológicos. En el intestino habitan billones de bacterias, principalmente de los filos Firmicutes y Bacteroidetes, aunque también hay virus, hongos y arqueas. La microbiota intestinal ayuda a digerir alimentos, produce energía y sustancias útiles, protege contra bacterias dañinas y regula el sistema inmune. También se comunica con el cerebro a través del llamado eje intestino-cerebro, influyendo en emociones y salud mental. Un desequilibrio en esta microbiota, conocido como disbiosis, puede estar relacionado con enfermedades como obesidad, diabetes, depresión y autismo. Durante el embarazo, la microbiota cambia progresivamente. En los primeros meses es parecida a la de una mujer no embarazada, pero luego aumenta la cantidad de ciertos microbios como lactobacilos y proteobacterias, mientras que otros beneficiosos disminuyen. Al nacer, el bebé entra en contacto con la microbiota de la madre, lo que influirá en el desarrollo de su propio sistema inmune y digestivo.
La programación metabólica temprana se refiere a cómo el entorno durante el embarazo, especialmente la nutrición y las hormonas que recibe el feto, puede modificar la manera en que se expresan sus genes, sin cambiar su ADN (epigenética). Estos cambios pueden afectar el desarrollo de órganos y sistemas, y aumentar el riesgo de enfermedades como obesidad, diabetes o hipertensión en la vida adulta. Esta idea, conocida como la hipótesis de Barker, surgió de estudios que mostraron que la desnutrición durante el embarazo se relaciona con ciertas enfermedades no transmisibles en la edad adulta. También se ha visto que estos efectos varían según en qué momento del embarazo ocurren. Uno de los órganos clave en esta programación es la placenta, ya que regula qué nutrientes y hormonas llegan al feto. Si hay complicaciones o situaciones adversas, como preeclampsia o situaciones estresantes, se puede alterar su función. Además, la respuesta de la placenta a condiciones adversas puede ser diferente dependiendo del sexo del feto. Por ello, situaciones como la EMA puede afectar esta programación. Las gestantes de mayor edad tienen mayor riesgo de complicaciones durante el embarazo, como diabetes gestacional, hipertensión o parto prematuro, que influiran en el desarrollo del feto.
Material y Métodos Para llevar a cabo este estudio, se reclutaron mujeres gestantes en torno a la semana 12 de gestación durante su visita al ginecólogo de los hospitales Universitarios Virgen de las Nieves (Granada) y Virgen de la Arrixaca (Murcia), dividiéndolas en dos grupos según edad: control (<35 años) y EMA (¿35 años), con 100 participantes por grupo. El protocolo fue aprobado por un comité ético y los procedimientos siguieron regulaciones de bioseguridad y protección de datos, asegurando anonimato y consentimiento informado.
Los datos y muestras fueron recogidos en dos fases: - Primera fase (en el momento del reclutamiento): datos clínicos, muestras de sangre y heces.
- Segunda fase (en el momento del parto): muestras de sangre, heces, placenta y meconio de los recién nacidos.
La evaluación nutricional se llevó a cabo mediante un cuestionario validado de frecuencia de alimentos (FFQ), analizando macronutrientes, micronutrientes y polifenoles.
Las muestras biológicas se procesaron para análisis bioquímicos, perfil de adipoquinas y expresión génica y proteica.
En placenta se cuantificaron nueve adipoquinas mediante la técnica multiplex Bio-Plex y la irisina mediante ELISA. También se extrajo ARN y posterior retrotranscripción, para evaluar la expresión de genes implicados en el transporte de nutrientes. La actividad de estos genes fue comprobada posteriormente mediante la expresión proteica de los mismos genes analizados mediante Western-Blot.
Por último, se analizó la microbiota fecal de madres y del meconio de sus recién nacidos mediante la secuenciación de las regiones V3-V4 del gen 16S rRNA. La extracción de ADN se realizó con el kit QIAamp PowerFecal Pro DNA y el procesamiento (librerías y secuenciación) fue llevado a cabo por el Instituto de Parasitología y Biomedicina ¿López-Neyra¿. Las librerías 16S se prepararon siguiendo el protocolo de Illumina con PCR en dos pasos, utilizando primers específicos para V3/V4. Para evitar amplificación de ADN eucariota, se añadieron bloqueadores PNAs. Tras la amplificación, se combinaron triplicados, se indexaron y purificaron las muestras. Luego se cuantificaron y agruparon para la secuenciación en un sistema MiSeq® con un cartucho V3 (2x275 pb).
Resultados y discusión Los resultados no muestran diferencias significativas entre los grupos en cuanto a características antropométricas de las madres y los recién nacidos, ni en el método de concepción o de parto. Sin embargo, sí se observan diferencias notables en la ingesta de nutrientes y su calidad.
En cuanto a la ingesta de fibra, el grupo EMA mostró niveles significativamente más bajos que el grupo control. También se observaron deficiencias significativas en los niveles de zinc, cobre, selenio, vitaminas B1, B3, C y ácido fólico. Aunque en general ambos grupos estuvieron por debajo de las recomendaciones dietéticas (IDR) para gestantes, el grupo EMA presentó mayores carencias.
Respecto a los polifenoles, no hubo diferencias significativas en la ingesta total, pero sí en subgrupos: las embarazadas EMA consumieron más antocianinas, flavonoles, flavonas e hidroxifenilpropenos. Esto podría tener implicaciones antioxidantes y metabólicas relevantes en este grupo.
Las correlaciones llevadas a cabo para encontrar asociaciones entre la alimentación y las características antropométricas del recién nacido, mostraron una relación negativa entre el consumo de fibra y el perímetro cefálico del neonato.
Estos resultados sugieren que la edad materna avanzada podría estar asociada a una menor calidad en la dieta, lo que se refleja en menores niveles de nutrientes esenciales. A pesar de no observarse diferencias fenotípicas significativas en el recién nacido, estas deficiencias nutricionales podrían tener efectos a largo plazo en la salud del neonato y su desarrollo metabólico.
En cuanto al perfil de adipoquinas en placentas de madres EMA, la insulina aumentó (particularmente en varones), el glucagón disminuyó y el GLP-1 no varió. La resistina fue menor en el grupo EMA, mientras que el GIP se relacionó con peso y perímetro cefálico en varones EMA. La visfatina aumentó en EMA y se asoció negativamente con el perímetro cefálico en niñas. La leptina disminuyó en EMA y en varones, correlacionándose negativamente con el perímetro cefálico. La irisina se relacionó positivamente con la longitud neonatal en varones control, y el PAI-1 disminuyó en EMA, lo que podría afectar la función placentaria. En conjunto, los resultados sugieren que la EMA altera la función placentaria de forma dependiente del sexo fetal, con posibles consecuencias en la salud neonatal.
Se analizó la expresión génica y proteica de transportadores placentarios en función de la edad materna avanzada (EMA) y el sexo fetal. Aunque no hubo diferencias significativas en varios transportadores, se observó que el gen SNAT1, crucial para el transporte de aminoácidos, tenía una expresión menor en mujeres con EMA, especialmente en fetos masculinos. Además, los fetos femeninos del grupo control mostraron una mayor expresión de genes como CD36, DMT1, FABP4 y LAT1, lo que sugiere una mayor eficiencia en el transporte de nutrientes.
Para complementar estos resultados, se analizó la expresión proteica de los mismos transportadores. Los hallazgos mostraron que DMT1 y SNAT1 tenían niveles proteicos mayores en el grupo EMA, lo que contrastaba con los resultados de la expresión génica, donde SNAT1 fue mayor en el grupo control. Esta discrepancia podría explicarse por mecanismos post-transcripcionales, como la regulación por microARNs, o por una mayor estabilidad proteica y eficiencia traduccional en el grupo EMA. Además, el estrés oxidativo o la alteración en la maquinaria de degradación proteica en el grupo EMA podrían favorecer la acumulación de proteínas. Estos resultados sugieren que la placenta en embarazos de EMA podría adaptar su expresión proteica para asegurar un adecuado transporte de nutrientes, en un contexto de posibles desafíos como hipoxia o inflamación.
Por último, los resultados de la microbiota intestinal, mostraron que, durante el embarazo, hubo diferencias en la microbiota intestinal entre ambos grupos, con el grupo control mostrando más bacterias beneficiosas como Bifidobacterium. Las gestantes del grupo EMA tenían menos bacterias productoras de butirato, explicable por los resultados anteriormente encontrados sobre una dieta baja en fibra, afectando así negativamente a su microbiota. La microbiota de los neonatos mostró diferencias, con el grupo control presentando una microbiota más beneficiosa, mientras que los neonatos EMA tenían bacterias asociadas con inflamación. Estos hallazgos sugieren que la dieta y la microbiota materna influyen en la salud intestinal y el desarrollo fetal, lo que podría tener efectos a largo plazo en la salud neonatal.
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