Durante las últimas décadas, grandes cambios a nivel cultural, social y tecnológico han propiciado un aumento exponencial de la población mundial. Esta capacidad de carga a nivel ecológico fue directamente proporcional al incremento en la explotación de recursos naturales, desde fuentes no renovables energéticas (petróleo, carbón) y el uso de suelos para el cultivo y la agricultura, hasta la alta incidencia de diferentes trastornos derivados de hábitos de vida no saludables, como las enfermedades cardiovasculares. Los modelos de sobreexplotación han generado grandes perjuicios naturales en lo que se conoce como eje energía-agua-alimento. Por lo tanto, se requieren nuevas fuentes de recursos renovables y naturales que reduzcan los impactos ocasionados en la naturaleza (muchos de ellos ya irreversibles).
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