Esta Tesis doctoral, que parte de un enfoque feminista, presenta un estudio sobre la defensa personal para mujeres. Describe y analiza su instrucción y aprendizaje y su puesta en práctica con el objeto de indagar sobre ciertos significados culturales: por un lado, en relación a las representaciones sociales sobre los cuerpos sexuados y del modelo hegemónico de feminidad y masculinidad que manejan los agentes, por otro, a los sentidos y experiencias que poseen respecto de las violencias generizadas. Y cómo ello, junto con las experiencias individualizadas, repercuten en los procesos de subjetivación.
Visibilizar un problema como el de las violencias generizadas y su vinculación con las experiencias de feminidad y masculinidad normativas en un orden sociocultural que representa de manera diferenciada a los individuos en función del sexo puede contribuir a contarnos algo sobre el modo en que se legitiman o confrontan sentidos y valores hegemónicos. No obstante, indagar en torno a los procesos de subjetivación que subyacen a estos problemas no sugiere que en la construcción de identidades las violencias sean necesariamente centrales, como tampoco pensar que las subjetividades de mujeres y hombres quedan reducidas a unas posiciones en las que no hay diferencias ni entre las mujeres ni entre los hombres, pero en el análisis de esta práctica resulta relevante. Si bien determinadas formas de orden social y cultural tienen a producir ciertos tipos de percepciones culturales, hay que entenderlas en un contexto de significados interrelacionados, y es ahí donde la etnografía pone el foco en los casos particulares.
Las experiencias de cada sujeto son individuales, pero también se construyen, están histórica y contextualmente mediadas. Así, un estudio etnográfico posibilita captar aquellos aspectos encarnados de la experiencia vinculados a procesos de subjetivación y socialización, y la confluencia de visiones que los sujetos tienen sobre seguridad, riesgo, libertad, relaciones de género, violencia. Hay una reflexión sobre la interacción entre el contexto sociocultural y los procesos de subjetivación, la representación de las relaciones de género y cómo se vincula todo ello con la defensa personal femenina por parte de quienes la enseñan o practican.
Esta práctica, eminentemente corporalizada, se vuelve un lugar privilegiado para discernir las maneras en que las personas se comunican corporalmente por medio de actos performativos llevados a cabo por agentes que encarnan significados culturales, acciones que se producen en las relaciones sociales y que constituyen subjetividad. La investigación aborda cómo nos relacionamos de manera intersubjetiva como sujetos-cuerpo con otros sujetos (cuerpo también), sujetos (todos) cuerpo generizado: cuerpo pensado como un legado de actos que se van fijando, una performatividad sancionada socialmente, configurada a través de una continua repetición de conductas y comportamientos, vinculados a una feminidad y masculinidad hegemónicas.
Uno de los objetivos de esta investigación ha sido tratar de desvelar las representaciones sobre los cuerpos sexuados y cómo se refleja en la práctica, reflexionar sobre aquello que la enculturación corporal comporta, sin perder de vista que cada cual es producto de socializaciones heterogéneas. Este asunto, que va ligado a cualidades y comportamientos que a mujeres y hombres se les otorgan, en ocasiones traspasa lo corporal ampliándose al conjunto de la persona. Así, ante la concepción de una feminidad hegemónica basada en un supuesto innatismo pacifista, conciliador y pasivo de las mujeres, la tesis de partida ha sido que la participación en la práctica cuestiona o reconfigura este modelo de feminidad, ya sea de manera consciente o no; de modo que había que preguntarse qué margen de acción tienen los sujetos para ser agentes en relación con una serie de convenciones, qué convenciones toman como relevantes, y qué relación tienen con el ejercicio de la práctica.
Para ello es necesario saber qué constituye la defensa personal para mujeres. Su abordaje como algo múltiple y complejo invita a indagar en las apropiaciones de actrices y actores sociales, tratando de penetrar en la complejidad de los significados de una práctica en la que hay que valorar que los saberes inculcados y adquiridos en la sala lo son con la idea de que puedan trasladarse a la calle. Puesto que la autodefensa es pensada para ser puesta en práctica, es esencial tratar de interpretar las relaciones entre actos de violencia, significación, resistencia, en el contexto en el que se produce la defensa de sí, y donde quienes participan, tienen una percepción y experiencia de la violencia distinta. Mientras que para algunas personas el objetivo principal de la autodefensa es adquirir herramientas para enfrentar un acto violento, acciones o comportamientos puntuales; para otras, determinados actos han de interpretarse desde un continuo de la violencia, lo que les lleva a buscar recursos para enfrentar aquello que violenta, más que una acción o evento aislado.
Al indagar en la práctica, el cuerpo como hilo conductor tiene sentido, se manifiesta a través de él, es una práctica corporalizada. Asimismo, hacerlo desde una perspectiva feminista, examinando las maneras en que se conceptualiza el cuerpo femenino y masculino, lleva a observar cómo ciertas formas de estar, sentir, comportarse, prácticas que surgen en la interacción, no son internas ni individuales. La etnografía muestra cómo, por más que los cuerpos sean diversos, mujeres y hombres, presentados como grupo social, se significan corporalmente: los cuerpos devienen visibles y actantes bajo unos condicionantes sociales, en torno a un modelo dentro de un orden cultural concreto. Producir cuerpos masculinos y femeninos es producir masculinidad y feminidad, dicen algunas, poniendo de relieve cómo se codifican las diferencias por medio de discursos y dispositivos. A pesar de que este modelo presente tipos ideales, en ocasiones dificulta a los individuos, socializados, que desarrollen y expresen ciertos rasgos adscritos a la otra parte.
Lo anterior se observa entre quienes llegan a las formaciones con ciertas creencias aprehendidas. Por un lado, vemos la huella de una performatividad sancionada socialmente, una repetición de conductas y comportamientos, en relación con los mandatos de una feminidad hegemónica. Así, frente a las «técnicas corporales» transmitidas y aprendidas a lo largo de la vida, que apuntan a una historia in-corporada, una naturalización trasladada y traducida en términos corporales, la práctica requiere una diferente gestión de la hexis corporal y una modificación de ciertas disposiciones. Pero, una aproximación reflexiva a la práctica puede contribuir a reformular y cuestionar ciertas creencias en torno a esta subjetividad corpórea, presentando otros modelos y experiencias de feminidad. A través de su aprendizaje y puesta en práctica, pueden modificarse esquemas de acción, de hábitos; la performatividad puede ser reapropiada al pasar de acciones internalizadas, fruto de la socialización, a otras racionalizadas, fruto de un aprendizaje intencional. El cuerpo se convierte en agente como consecuencia de su puesta en práctica, actuaciones corporizadas significantes que pueden operar en la redefinición de las condiciones actuales de existencia intersubjetiva.
Concluyendo, la etnografía muestra diferentes significados y posibilidades que para cada cual tiene pensar desde un cuerpo vivido y experimentado, afectado, y, en ocasiones, capaz de afectar. El cuerpo no es destino, la corporalidad es un proceso cambiante con múltiples posibilidades de desarrollo que, más allá de la fisicidad del cuerpo, en lo performativo encuentra espacios creativos y de transformación. Lo interesante de la práctica es que en este proyecto de ruptura el papel del cuerpo es esencial, corporalidad que no se interpreta únicamente en términos de potencia y fuerza, se convierte en estrategia, elemento de resistencia, también de creatividad. No obstante, cuestionar el orden patriarcal y, con él, determinadas representaciones de la diferencia sexual dando cabida a nuevos esquemas interpretativos mediante modelos más imaginativos y flexibles también tiene sus limitaciones. Sin duda, rehuir de ciertas definiciones es importante, pero su traslado a la praxis no siempre resulta tan sencillo. Se podría valorar que la destreza depende de cómo se enfoca la práctica y de las características personales, más allá de ello, ciertos mecanismos de socialización influyen en la subjetividad. Las ideas sobre un exterior que constituye a las mujeres en la vulnerabilidad y la inferioridad es un asunto que se visibiliza y cuestiona en la práctica, pero este rechazo a una identidad impuesta no necesariamente da lugar a ciertas modificaciones.
Al tiempo, analizar la violencia partiendo de un enfoque feminista y socioconstructivista ayuda a resaltar ciertos aspectos del fenómeno que de otro modo permanecerían ocultos, visibilizando los rasgos de aquel sistema del que se nutre. Posibilita revisar aquellos mitos creados en torno a su naturalización, y de las características asociadas a mujeres y hombres, que señalan como pasivo, pacifista, aquello asociado a lo femenino, frente a impulsivo, violento, a lo masculino. Destacar de manera dicotómica los comportamientos partiendo de posiciones prefijadas mujer violentada, hombre violento hace que pueda perderse en el análisis la multiplicidad y variabilidad que hay en la expresión de las violencias generizadas, pero también las múltiples formas de ser mujer y ser hombre. Para atender a los procesos de subjetivación, hay que tratar de deshacerse de prejuicios victimistas, como aquellos que muestran a las mujeres como seres indefensos en toda situación y circunstancia, algo que, en ocasiones, va ligado a otro prejuicio, que no son capaces de ejercer violencia.
Hablar de violencias generizadas y relacionarlas con la práctica es hablar de representa-acción de las mujeres frente a ellas. Si bien el vínculo entre violencia y masculinidad ha llevado a rechazar que las mujeres recurran a ciertas formas de violencia, una evaluación empírica de sus actuaciones puede quebrar la idea de que ante una agresión solo cabe supervivencia o victimización. De hecho, uno de los aportes del trabajo es que quizá sirva para impugnar ciertos criterios generalistas cuando los discursos sobre la violencia no encajan en una serie de preceptos, las personas hacen cosas distintas a lo que sus diferentes posiciones sociales indican que podrían o deberían hacer.
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