En la tesis doctoral que se presenta se propone un estudio polifacético de la vivienda en la Granada del siglo XVIII, como espacio doméstico vivo más allá del idear, diseñar y construir, donde se desarrollaba la existencia humana y todo tiene un sentido escrutable: desde el continente que la alberga a los moradores que residían en el espacio doméstico. El trabajo se ha distribuido en dos tomos claramente diferenciados, pero íntimamente relacionados: por un lado, se aborda el exterior de la casa y, por otro, nos centramos en sus habitantes y contenido.
El marco cronológico analizado es un periodo de importantes cambios en lo doméstico, en donde la privacidad o la intimidad cobran especial relevancia. De igual modo, se constata una preocupación constante por representar nítidamente el estatus social o la devoción piadosa; los nuevos modelos de conducta y sociabilidad en el uso de los espacios o la disposición de los objetos. Por tanto, se ofrece una mirada integral a la estructura de la casa, a sus moradores y a los aspectos del interior observados en el espejo del arte: espacios, enseres u otros ámbitos para el decorado, la comodidad o el confort. Junto a éstos convergen otros aspectos muy latentes como la búsqueda del bienestar, los destinados a la cultura, los cambios del gusto o la importancia del aprendizaje que nos aproxima a la vida cotidiana.
En la investigación que se presenta se aborda un estudio integral sobre la casa en la Granada del siglo XVIII.
Su objetivo principal es el espacio habitacional de la sociedad granadina en dicho periodo ilustrado. De esta colectividad estratificada se ha tomado un grupo heterogéneo de personas, protagonistas de la vida cotidiana. En cuanto a las coordenadas espacio-temporales, se escogió Granada, ciudad que ha permitido ver la evolución de su caserío, tanto en las viviendas de obra nueva como en las ya existentes con reformas dependiendo sobre todo de la posición económica y social de sus moradores.
Además, el siglo XVIII sufrió innovaciones urbanas destacadas e inspiradas en las ideas ilustradas de la época. Y todo ello conjugado en la organización por parroquias que presentaba el casco histórico granadino. En una primera aproximación indicar que la tesis se articula en dos tomos principales, aparentemente distintos y, sin embargo, complementarios.
El primer tomo: ¿La casa como continente¿, presenta un acercamiento al marco histórico y urbano de la Granada del siglo XVIII, considerando los aspectos principales de la casa, su evolución estilística y su configuración arquitectónica. Uno de los capítulos más destacados es el número cuatro, titulado ¿La casa: una visión del exterior¿ donde se ha analizado la estructura formal de cada una de las viviendas desde un punto de vista arquitectónico. Al abordar los distintos tipos de viviendas, estimé la necesidad de definir cada una de las tipologías habitadas por la población pues, como ya expresó González Heras, ¿la residencia en un espacio era indicativa del rango que dentro de la escala socio profesional, ocupaba su morador¿ .
Ya en el segundo tomo: ¿La casa vivida y su contenido¿ destaca el quinto, titulado ¿Residentes de la casa y actores de la vida cotidiana¿, analizamos a los moradores de la casa y al uso cotidiano de sus enseres teniendo además en cuenta su condición profesional y ubicación en la trama urbana. El sexto y séptimo capítulo adquieren su sentido por la existencia de los dos anteriores pues, la casa como entidad arquitectónica no es una carcasa vacía. Estos tres capítulos traen a colación aquellos supuestos que, tomando como fuente discursiva el contexto histórico del siglo XVIII granadino, llenaron de valor esta idea de habitar la casa. He pretendido aportar un enfoque polifacético de la arquitectura doméstica, considerando los aspectos principales de la Arquitectura, el Arte y la Historia junto a la interpretación del patrimonio documental. La investigación nos ha llevado a obtener una visión profunda de la casa, cuya complejidad nos brinda la posibilidad de explorar nuevos caminos en la investigación histórica.
Conclusiones Las conclusiones obtenidas sobre la casa granadina pivotan sobre tres ideas principales: su arquitectura, los ocupantes y el espacio doméstico junto a los enseres del interior.
Tras una exhaustiva recogida de datos, éstos se entrelazaron junto a otros de distinta naturaleza para someter a juicio los supuestos análisis y avances logrados en la investigación.
Concretamente para el primer tomo, ¿la casa como continente¿, tras contextualizar el periodo histórico en el que se enmarca el estudio, nos adentramos en el cuarto capítulo, ¿la casa: una visión del exterior¿, se ha elaborado una extensa lista de viviendas, catalogadas y clasificadas incluyendo fotografías tomadas directamente por la doctoranda. Se ha intentado mostrar con la mayor precisión, las diferencias entre los distintos tipos de vivienda, con ejemplos concretos para comprender sus particularidades, su tipología, ubicación o el régimen de tenencia; ello nos condujo al tratamiento de las diferentes edificaciones, la distribución de sus espacios, sus propietarios e inquilinos.
En lo concerniente a las edificaciones, cada tipología variaba sobre su arquitectura con una mayor o menor complejidad según la condición social y profesión de sus ocupantes. Habitar un tipo de vivienda u otra, iba en consonancia a las necesidades individuales y sociales de su propietario y familia; por ejemplo, las casas principales correspondían a la nobleza. Se trata de un término que aparece en plural pues viene referido a la composición de varios edificios: por un lado, la residencia donde habitaban los señores y, por otro, a las estancias accesorias para el servicio doméstico de caballerizas, cocheras o almacenes.
El término palacio apunta a la residencia de la más alta nobleza cuya construcción quedó perfectamente adaptada a la trama urbana. En la arquitectura palaciega existe una estrecha relación entre la técnica constructiva y las propuestas teóricas de los tratados arquitectónicos que abogaban por el clasicismo más puro suscitado con Vitruvio, y posteriormente reproducido por los arquitectos del Renacimiento italiano, entre ellos, Andrea Palladio sobre la distribución de las plantas o el academicismo de Benito Bails. Esta tipología monopolizó la atención de los historiadores del arte, hasta el punto de erigirse en el arquetipo estético de la arquitectura civil privada. Los miembros de los estratos inferiores, en la medida de sus posibilidades, intentaban de forma infructuosa emular las condiciones materiales de los superiores. Sus viviendas presentaban, cada vez más, un estado más deteriorado y abandonado.
El segundo tomo, ¿la casa vivida y su contenido¿ está principalmente dedicado a los ocupantes de la casa, a los espacios y a los objetos del interior. Éste se abordó a partir de una intensiva recopilación bibliográfica y documental fijando un marco analítico sobre los objetos materiales del interior junto a los propietarios que hacían uso de los mismos conjugándolo con el análisis de las características externas y formales de la arquitectura doméstica, mostrando sus cambios más significativos recogidos en los tratados arquitectónicos, al léxico proporcionado en la documentación primaria, a los planos consultados y al vocabulario especializado.
En el segundo capítulo, la casa vivida: actores de la vida cotidiana en la Granada del siglo XVIII, se ha elaborado un discurso sobre los regímenes de ocupación de la vivienda. Independientemente del estatus social y económico, el régimen más generalizado era el alquiler frente a la propiedad. Las diferencias sociales se manifestaban en las formas de vida y en la composición de la vivienda. En cuanto a la muestra de personas registradas, se ha evidenciado la existencia de grupos heterogéneos en la sociedad granadina del siglo XVIII: entre ellos los miembros de una jerarquía estamental cuyos habitantes desempeñaban sus oficios; desde los sectores más pudientes a los menos privilegiados (la nobleza, la hidalguía, la burguesía, los profesionales liberales) a los grupos más modestos (jornaleros, labradores, hortelanos). Si se pretendía unificar a los enseres y a los espacios, no se podía aislar a los sujetos, usuarios de los primeros y ocupantes de los segundos.
Para conocer los espacios, el manejo de fuentes impresas fue esencial para determinar los aspectos sociales de la casa y las vivencias de los residentes. Los espacios, las estancias decoradas o las simplemente adaptadas a las distintas tareas cotidianas constituían el escenario de unas prácticas no reflejadas en los inventarios. De ahí la necesidad de recurrir a otras fuentes secundarias como los manuales de civilidad, la prensa de costumbres o las fuentes iconográficas. Esta metodología presentó el inestimable valor de acercarnos a los hogares de diverso perfil socio-profesional donde se fusionaban las tareas domésticas con las estancias, tema que apenas despertó el interés por la historiografía en comparación a las viviendas más emblemáticas de la nobleza, la burguesía o el alto funcionariado.
La importancia adoptada a la distribución del interior junto a la asimilación de la terminología empleada por la escritura escribanil, se consideró el punto de arranque para el avance de la investigación que facilitó la apreciación de los cambios operados durante la centuria; tanto los referidos a la ordenación espacial, como a la nomenclatura designada a las estancias y enseres, condujo a la ruptura de aquellas nociones preconcebidas sobre la persistente perdurabilidad del espacio doméstico. Este sentido multidireccional se posicionó más próximo a disciplinas como la Arquitectura por su cercanía al continente arquitectónico y a la Historia del Arte, aunque no por adentrar en el contenido del interior.
En cuanto a las dependencias, se han registrado las principales (dormitorio, sala principal y cocina) junto a otras especializadas (como las librerías, bibliotecas privadas, despachos o gabinetes) y las zonas de paso (recibidores y pasillos). El dormitorio o alcoba era una estancia para la intimidad y el descanso. En la sala principal o de recepción, se combinaba la estética con espacio comunitario y la reunión; cortinas, tapices, cornucopias y espejos creaban entornos bien iluminados y acondicionados a la decoración de las salas. La cocina era una parte dedicada a las funciones culinarias además de a la sociales. Las zonas de paso o de recibidor se identificaban con la primera estancia disponible al abrir la puerta o con el pasillo comunicador del resto de dependencias. No responde a un espacio racional sino como acceso comunicador o franja de tránsito. Con el transcurso del tiempo, los individuos anhelaron cubrir unas necesidades según las condiciones y la estética del gusto. En los espacios dedicados a la lectura o al estudio como eran los gabinetes o bibliotecas privadas, la tenencia de libros adquiría diversas interpretaciones: por un lado, era un indicativo del estatus social o nivel cultural; por otro se relacionó con el afán coleccionista por albergar extensas librerías. La adquisición de libros podía tratarse de forma voluntaria siendo nuevos o de segunda mano. Además, en el interior cobró importancia la decoración de las estancias. El valor del objeto, además de su carácter decorativo, aportaba otros datos relevantes sobre la devoción, el coleccionismo, la mejora en las condiciones del bienestar y la comodidad. Si nos referimos al revestimiento de paredes, destacan las técnicas más tradicionales siendo el encalado el más frecuente. Otras soluciones que encontramos eran los tapices que, a pesar de su decorativismo, eran útiles como aislante térmico. Solían cubrir la mitad inferior de paredes en espacios abiertos a la recepción como era la sala principal. Ventura Rodríguez, en su ¿Representación¿ de 1753 expresaba:
¿[¿] véase de pinturas, que es mui raro el pueblo por miserable que sea donde apenas se dexe de encontrar pintura buena [¿]¿ .
La pintura ocupaba un lugar esencial en la decoración de las salas. Escenas que narraban temáticas del Antiguo Testamento protagonizadas por santos, iconografía mariana o cristológica, además de los profanos encabezados por la mitología, los retratos o los paisajes. Estos guardaban significados sobre algunas facetas de los propietarios, sus creencias, gustos o costumbres.
En lo tocante a la iluminación, el alumbrado artificial permitió el desarrollo de las tareas tras la caída del sol. El aceite, el cebo y la cera eran las materias más utilizadas, siendo la cera blanca la más costosa de ahí su reserva a los espacios principales. Los pertrechos lumínicos adoptaban distintas calidades que, a su vez, condicionaban su valor económico. Los más básicos eran los candeleros, los velones, los candiles, las arañas y los faroles.
Para la calefacción, el brasero era el artefacto elegido por excelencia. Contaba con un instrumento portátil que permitía su traslado a otros espacios o al lugar de reunión.
Para la devoción religiosa, la función de los objetos adquirió un importante valor como elemento de representación. La riqueza que los caracterizó sirvió para dotarlas de un carácter simbólico pues, además de la función piadosa, reflejaban el estatus social de quien lo poseía. El lugar de estos objetos se ubicaba en una estancia u otra en la medida en que sirvieran como elemento de decoración, de colección o devoción. La alcoba o el dormitorio debió de constituir uno de los espacios más frecuentes para la práctica devocional donde se llevó a cabo la oración de una forma más íntima. En estas salas se llenaban las paredes de imágenes que manifestaban la religiosidad contrarreformista frente a la Iglesia reformada que descartaba el uso de imágenes, símbolo de la superficialidad. Las imágenes religiosas también fueron la temática de grabados, pinturas y esculturas ubicados en los dormitorios. Mostraban el fervor religioso arraigado tras el Concilio de Trento. La presencia de unos elementos y no de otros en la documentación, relativa a un grupo socio-profesional, nos ha permitido profundizar en el espacio doméstico e interpretar las tareas básicas de dormir recibir, calentar, cocinar o las prácticas cotidianas como el coleccionismo o la devoción religiosa.
Por lo que respecta a los artefactos domésticos, su análisis ha servido para el rastreo de los cambios de mentalidad, las prácticas y las modas adoptadas en la vivienda. La investigación nos ha permitido visualizar aquellos que conformaban sus espacios clasificados en varios grupos: los referidos a un fin concreto o a una utilidad (mobiliario, menaje, tejidos); los dedicados al buen mantenimiento del interior (iluminación, calefacción, objetos de confort); los más ostentosos y decorativos (espejos, cornucopias, muebles de exhibición, cuadros, lienzos, relojes) o los adaptados a las prácticas cotidianas (la lectura, por la presencia de bibliotecas privadas o el seguimiento de la moda por los tejidos que engalanaban las salas o los elementos devocionales que revelaban el ideario religioso).
La casa actuaba como un escaparate de representación de la vida, transmisora de una manera de vivir en un periodo histórico cuyas edificaciones estaban destinadas a una utilidad principal, cuál era la protección y albergue de las personas.
La investigación ha sido una tarea apasionante porque si bien todo el planteamiento central se ha hecho a través de la historia del arte, para contextualizar adecuadamente el tema nos hemos adentrado en otras materias con aportaciones desde la sociología, antropología o arquitectura, entre otras, superando cualquier vértigo que suponga profundizar en otras disciplinas académicas.
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