Una mirada al listado cronológico de los desastres ocurridos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días muestra una preocupante tendencia a que accidentes muy similares se repitan dos o más veces. Ejemplos de esta extraña tendencia a la “clonación” de accidentes son los del transbordador Challenger de la NASA en 1986 y del transbordador Columbia en 2003 o los terribles vertidos del Exxon Valdez en 1989, del carguero Erika en 1999 o del barco Prestige ante las costas gallegas en 2002. De la misma manera, algunas crisis financieras que afectaron terriblemente a los pequeños ahorradores tienen puntos en común, como es el caso de la telefonía Worldcom en 2001, de la energética Enron en el mismo año o de la empresa Parmalat en 2003 o la de Lehman Brothers en 2008, por solo citar alguna de estas clonaciones.
¿Cómo es posible que una crisis no genere aprendizaje suficiente para evitar que se repita? Pudiendo asumir que los fallos tecnológicos son cada vez más infrecuentes, ¿por qué no somos capaces de reducir los errores humanos? Y ¿por qué en un mundo que cada ve dispone de más datos y de sistemas de análisis más complejos y eficientes, y que pone a disposición de los gestores software muy potente y eficiente para la toma de decisiones, no somos capaces de prevenir mejor las crisis y los accidentes? Partiendo del modelo sistémico de incubación de eventos críticos en las organizaciones, formulado por Roux-Dufort, junto a sus colaboradores Forgues, Lalonde y Ramboatiana entre los años 1998 y 2015, esta investigación trata de responder a las anteriores preguntas mediante el análisis del contenido temático de las aportaciones de directivos representativos de diferentes tipos de organizaciones. Los resultados indican que todavía hay cierta tendencia a pensar en las crisis como eventos excepcionales e imprevisibles. Sin embargo, se va abriendo paso la idea de que a un evento fatídico se llega tras un largo proceso de deterioro por errores no resueltos que se acumulan y van debilitando la organización. Se ha comprobado que los directivos muestran bastante receptividad ante este concepto. Se concluye que para poder contribuir a la prevención de las crisis en las organizaciones hay que ahondar en dos líneas estratégicas. Por una parte, es necesario consolidar los cambios revolucionarios que se han ido produciendo en las organizaciones en los últimos años con objeto de hacerlas más adaptables a un mundo cambiante y lleno de incertidumbre. Y por otra sería importante dedicar mayores esfuerzos a recuperar las personas, los equipos y las organizaciones tras haber sufrido una crisis. A menudo son los recuerdos y las preguntas no resueltas referentes a un episodio pasado los que obstaculizan colocar la prevención de crisis en un lugar estratégico en el que forma parte de la cultura organizacional y no sólo del Departamento de Riesgos Laborales.
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