La tumba del hijo del Zebedeo generó, desde su descubrimiento, allá por la primera mitad del siglo IX, un flujo de gentes, de fieles devotos que se acercaban a la iglesia en la que descansaba su cuerpo, con la esperanza de "captar" la atención del mártir y conseguir su ansiada intercesión. Paulatinamente fue creciendo la fama del santuario y, con ella, la riqueza del mismo. A la iglesia jacobea fueron llegando nuevas reliquias de muy diferentes maneras y, con ellas, también relicarios que, al tiempo que las protegían, también las embellecían.
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