La agricultura europea se encuentra en un proceso de reconversión desde una agricultura de cantidad hacia una agricultura de calidad. Una calidad que ya no sólo se centra en el aspecto exterior, sino que tiene en cuenta la calidad organoléptica, nutritiva y ecológica. Esta tendencia se recoge en la reforma de la Política Agraria Común (PAC), que propugna no sóla la consecución de productos con una elevada calidad, sino el desarrollo de una agricultura sostenible.
En este contexto, los sistemas de producción basados en la agricultura ecológica y la protección integrada cobran cada vez más protagonismo, formando parte de un sector de la agricultura muy dinámico con una importante tasa de crecimiento. Dada la situaicón socioeconómica actual, las variedades tradicionales o variedades locales destacan por su valor como recursos fitogenéticos. Entre sus características más apreciadas es necesario resaltar su adaptación a las condiciones agroclimáticas locales y sus excelentes características organolépticas, fruto de la selección y adaptación durante siglos. Así, las variedades tradicionales suponen un material de partida idóneo para el desarrollo de nuevos cultivares con mejores características de calidad, que sean capaces de cubrir un nicho económico importante en un mercado europeo cada vez más exigente.
Por otro lado las variedades tradicionales, pueden emplearse per se, siendo el material de trabajo idóneo para el desarrollo de la agricultura ecológica.
En este sentido, respecto al cultivo de estas variedades se pueden afrontar nuevos retos, mejorando la resistencia a enfermedades, ya que éstas constituyen el principal factor limitante de la producción de estos materiales.
A pesar del enorme interés que despiertan las variedades tradicionales, se han visto sumidas durante las últimas décadas a un grave procesos de erosión genética, que ha llegado a poner a gran parte de ellas en el ímite de la des
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