Aunque considerado con frecuencia un libro fácil y amable, los Ensayos de Montaigne se caracterizan por su densidad y exigencia. El mismo autor indica que escribe pensando en una minoría de espíritus excelentes y que su texto requiere lectores capaces y atentos. Dado su proclamado elitismo y hábida cuenta, por otra parte, el ambiente de censura y persecución, no parece fuera de lugar, sino todo lo contrario, plantear la pertinencia de una "lectura entre líneas". Pese a su declarado compromiso con la veracidad, el autor perigordino subraya que el 'sabio' ha de preservar siempre un espacio Intimo para el pensamiento libre, sugiere que el lector ha de desarrollar ciertos 'leves indicios' sembrados en los Ensayos para entender la totalidad de su sentido y llega incluso a aceptar como plausible la doctrina de la "mentira útil". Sin embargo, ello no puede servir de justificación para interpretaciones forzadas y arbitrarias Más bien se trata de leer el texto poniendo la máxima atención en cada uno de sus elementos, en su lógica interna, en su contexto, en su relación con lugares paralelos, en sus fuentes, en su recepción entre los primeros lectores...
Montaigne predica a menudo la humillación de la razón, el sometimiento de la Inteligencia humana a la autoridad divina. Pero una lectura atenta descubre su amor por la libertad intelectual y el pluralismo filosófico, así como su denuncia de lo que llama "la tiranía de nuestras creencias". En un capítulo importante, el dedicado a la educación de los hijos, concede el máximo protagonismo a la filosofía y olvida mencionar siquiera el papel de la religión. En "Des priéres" preconiza la autonomía de la filosofía respecto de la religión, al precio de reducirla al estatuto de simple "fantasía humana" sin pretensión de verdad. El hecho es que Montaigne no entiende la filosofía como fuente de verdad teórica, sino como "instrucción para el juicio y el comportamiento". Su concepción de la filosofía corresponde a la que predominó en el mundo antiguo, tan amado por él: se trata de un arte de vida, de un compromiso existencial, y parece en rigor incompatible con la religión cristiana. Lo cual no obsta para que reclame (por ejemplo, en el importante inicio de la "Apologie") evitar las críticas y las discusiones públicas sobre temas religiosos, pues, como decía Maquiavelo, la mayoría de la sociedad está constituida por vulgo Incapaz de juzgar las cosas por sí mismas.
Una lectura atenta descubre también, a lo largo de los Ensayos, críticas más o menos subrepticias contra el cristianismo. Así, el capítulo que Montaigne dedica (nominalmente) a la libertad de conciencia contiene una denuncia durísima del fanatismo y de la violencia autodestructiva que a veces han parecido constituir un rasgo específico de los cristianos (como se sabe, Montaigne vive en plenas guerras de religión entre católicos y protestantes). El perigordino coincide aquí, de nuevo, con una página de Maquiavelo en la que éste constata la labor aniquiladora que manifiestan las "nuevas sectas" una vez alcanzado el poder. A la vez, no parece ajeno a la defensa de la tesis de la eternidad del mundo que encontramos en la misma página del florentino. En otro sitio, en una página de la "Apologie", la crítica, que tal vez se apoya en una fuente inesperada, el Libro del conocimiento de Maimónides, recae sobre las promesas ultraterrenales. Montaigne no menciona la religión cristiana, pero parece casi inevitable leer "entre líneas" que se refiere también a él. Y, sobre todo, los Ensayos contienen varios pasajes en los que el "doble sentido" permite leer alusiones críticas a los dogmas eucarísticos, una cuestión crucial en los debates y polémicas del siglo XVI.
Pero, al margen de su capacidad crítica, ¿tiene Montaigne alguna propuesta positiva y concreta que ofrecer al lector? El perigordino enfatiza, en un importante pasaje añadido tardíamente al penúltimo capítulo de su obra, un pasaje que Pierre Charron recoge y desarrolla hasta convertirlo en el núcleo de la "sabiduría humana", que la verdadera moral parte de la propia naturaleza humana y es independiente de la religión. En otro lugar, en el capítulo del primer libro sobre la moderación, encontramos, a la par que una denuncia de las conductas ascéticas que la lectura atenta no puede sino dirigir contra el cristianismo, una postulación sorprendente: Montaigne como posible jefe de una escuela (chef de part) capaz de seguir una "vía distinta y más natural". Ésta es la filosofía, más sugerida que desarrollada, del autor de los Ensayos.
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