El Espíritu Santo, el don de Dios, nos transforma en hijos de Dios. Dimensión penumatológica de la filiación divina.
Pero el Espíritu es una vida. El Espíritu y la vida no existen solos y aislados. Nosotros sólo lo podemos vivir desde Cristo, siendo un uno con l, siendo un sólo Cristo. "En l", que nos dirá Pablo. Distintos y unidos. Dimensión cristológica de nuestra filiación divina.
El Espíritu nos transforma en la misma y única imagen de Cristo (2 Cor 3,18), la única imagen sobrenatural.
Para hacernos hijos se ha tenido que salir Dios en la misión conjunta del Hijo y del Espíritu, que nos marcan y sellan con su sello hipostático y personal.
La relación que tenemos con las Personas Divinas en nuestra filiación:
a. Con el Hijo: la unión más profunda que puede haber: la unión de dos para vivir una misma vida, un mismo Espíritu.
b. Con el Espíritu Santo: es nada menos que "espirarlo" desde el Hijo.
Participamos en nuestra filiación de la "espiración activa" del Espíritu desde Cristo, de una manera "participada y análoga" (San Juan de la Cruz).
c. Con el Padre: verdadera filiación, no sólo adoptiva. Verdadera generación participada de la del Hijo. No unívoca, sino analógica. Tenemos un principio vital divino: el mismo Espíritu que tiene el Padre.
Somos hijos en la Trinidad y no de la Trinidad. Porque somos hijos de solo el Padre. Aunque toda la Trinidad participe en nuestra filiación. Y por ser hijos estamos ya en la Familia de la Trinidad.
Y estamos todos los que tenemos el Espíritu, el principio vital divino. Somos "copartícipes" del Espíritu con el Padre y con el Hijo. La mayor "koinonía", la mayor "comunión".
Y desde el Espíritu se ilumina el misterio de María, de la Madre en nuestra filiación. Sólo desde l engendró a Jesús.
Y sólo desde l engendra a los nuevos hijos. Sólo el Espíritu actuó en Ella -Virginidad- y desde siempre actuó en Ella -Inmaculad
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