La nueva economía en la que nos encontramos se caracteriza por la globalización de los mercados, los avances en las tecnologías de la información y de la comunicación, las nuevas industrias emergentes y los rápidos cambios en la demanda de los consumidores. Para estar al día con estos cambios que afectan a muchas empresas, se hace necesario fomentar el espíritu emprendedor de todas las empresas (Hall, Melin y Nordqvist, 2001). Siguiendo estas ideas, estamos convencidos del papel esencial que juegan las empresas familiares.
Las empresas familiares emprendedoras son capaces de fomentar sus recursos competitivos hacia la creación de valor a través de las generaciones. Estas empresas forman un contexto específico para su investigación en el campo del emprendimiento debido a la interacción entre la familia y la empresa (Chirico y Nordqvist, 2010).
El panorama competitivo del siglo XXI es muy dinámico e incierto, lo que requiere innovación y capacidad emprendedora para su supervivencia. Además, al igual que el resto de empresas, las empresas familiares deben desarrollar una mentalidad emprendedora que les permita identificar y explotar oportunidades (Shmon y Hitt, 2010). El emprendimiento es una parte central de la vida empresarial, que a menudo es visto como un estilo de vida de un individuo o una familia. El emprendimiento no solo es necesario para la supervivencia de la empresa a largo plazo, sino también para administrar bien la empresa existente (Plate y Schlippe, 2012). De este modo, la gestión de recursos es fundamental para lograr y mantener ventajas competitivas (Sirmon y Hitt, 2003).
Sin embargo, a pesar de que las publicaciones sobre emprendimiento han aumentado considerablemente en los últimos años, hay muy pocos estudios empíricos que documentan cómo las empresas familiares y su cultura afectan al proceso emprendedor (Pistrui, Huang, Oksoy, Jing y Welsch, 2001).
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