Aun habiéndose escrito mucho sobre la marina, existían algunas lagunas sobre el corsarismo que no se habían tratado o se había hecho superficialmente.
Armarse en corso tuvo diferentes formas de hacerlo, así como que no en pocos casos era tenida en consideración la condición social de quienes obtenían una licencia para ejercerlo (Patente de Corso), sin olvidar (era preciso) el poder económico del que había de armarse. La recomendación era, asismismo, importante. El enrolamiento de marineros no era cosa baladí para la marina en general, aunque menos difícil para corsarios. El corso en general, desde el corsario como individuo, hasta asuntos como Patentes de Corso, Buenas y Malas Presas, proceso y reparto de las mismas, sin desestimar el pendolaje, fue algo viciado, en general un mundo de rufianes que en poco o en nada se diferenciaba en hechos de la piratería.
Corsarios (del Caribe), bucaneros y filibusteros fueron la directa consecuencia del abuso y atropellos cometido por los europeos en aquellas latitudes, pero muy especialmente por los españoles. Hemos querido insistir en cuanto a estos individuos y sus circunstancias se refiere a pesar de ser algo ya tratado por algunos autores.
Los corsarios eran unos sujetos practicantes del lucrativo negocio que suponía aparejar naves legalmente armadas (Patente de Corso), para capturar a otras naves, real o supuestamente pertenecientes a países enemigos o aliados de estos, para desvalijarlas y con ello obtener el mayor botín posible. Los corsarios en muchas ocasiones en poco o en nada se diferenciaban en sus acciones y comportamientos de los piratas más salvajes, siendo el robo y la especulación, en definitiva el botín, sus anhelos más perentorios. El corsario era un pirata con permiso para serlo, el pirata lo era sin autorización para ello. El corsario, como personaje individualizado, y en grupo, es todavía más desconocido en sus inherentes circunstancias que el pirata, lo que nos llevará a hablar de éste tal y como hablaremos de aquél.
Pirata y piratería, así como corsario y corsarismo, son voces por todos sobradamente conocidas. Pero hay que preguntarse si se sabe lo que en realidad fueron los piratas y los corsarios y las actividades que éstos desempeñaban. Para acercarnos a las figuras del corsario y del pirata y a los trabajos que ejercían en la sociedad de su tiempo es por lo que hemos llevado a cabo este trabajo.
Los piratas fueron, desde los primeros griegos y romanos, y tal vez antes, personajes ciertos, reales, que existieron y que con sus vidas, hechos y circunstancias se labraron sus propios mitos, falsos mitos, tal que si hubieren venido de un mundo de ficciones, pero que entraron en tiempos antiguos y en épocas menos antiguas y actuales, en las mentes y creencias, y en los corazones, de tantos y tantos lectores, y no lectores, con el añadido posterior de la radio, del cine y de la televisión. Fueron individuos de carne y hueso y fábula también; fueron, ciertamente, una mixtura de ambas cosas, fueron hombres fabulosos. Y fueron (y lo son) figuras legendarias de unas épocas y de unas sociedades excesivamente heterogéneas, discrepantes y diferenciadas en lo social, económico, político, religioso y cuantas etcéteras quedamos sumar a estas, de otras comunidades de ellos contemporáneas.
El tema piratas y corsarios (sobre todo piratas) ha sido muy explotado a lo largo del tiempo, desde la novela y la poesía en un principio hasta la radio, el cine, la prensa escrita y la televisión en un después. Pero no siempre (nunca, o casi nunca, deberíamos decir) las interpretaciones de estos medios se ajustaron y se ajustan a la realidad de los hechos.
El pirata como individuo singularizado ha sido sacado por la literatura, el cine y la televisión, el dibujo, la fotografía y la música, y por otros medios de expresión, de su contexto de violenta delincuencia para transferirlo a un mundo ficticio e idealizado y de románticos y excelsos comportamientos, para llevarlo a una nebulosa de héroes de pata de palo, de garfio en lugar de mano, de banderas negras dibujadas con tibias cruzadas y calaveras, convirtiendo su verdad histórica en una realidad irreal inventada. El pirata en esos medios expresivos es siempre un triunfador, un prototipo de honrado justiciero, el que todo lo que hace lo hace bien, un rey que roba, hiere, esclaviza y mata razonablemente, el personaje necesario. En cuanto al pirata, o los piratas, el criterio de novela-parodia se ha impuesto sobre la verdad histórica. Al pirata se ha ensalzado ab æterno hasta unos convertirlo en poco menos que un dios olímpico y otros en la figura más despreciable que pueda figurarse; un elemento oscilante desde el más puro romanticismo al más cierto trágico sujeto.
Al pirata frecuentemente se le asignaron y se le asignan unos méritos y unas valoraciones que no le corresponden. El pirata fue para muchos un mito que tuvo el valor y la audacia suficientes para enfrentarse a poderosos hombres ricos de poderosas naciones ricas, sin miedo y sin prejuicios, decidido en muchas ocasiones a atacar a grandes naves e incluso a flotas, militares o no, que lo superaban en armamento y número. Fue el redentor soñado de pobres, de olvidados, de maltratados y humillados, así como también de ladrones, delincuentes comunes, ex presidiarios, forajidos y asesinos. El pirata fue un superhombre, la utopía de los desvalijados de sus bienes y de sus ideologías y de sus propias vidas.
Pero el pirata, los piratas, fueron realmente otras cosas, indudablemente contrarias a lo que acabamos de decir, aunque en mucho menos o escaso porcentaje. Con nuestra obra hemos querido, pues, puntualizar y dejar, según nuestro criterio, aclaradas diversas cosas.
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