Las artes suelen identificarse como las disciplinas que, por excelencia están dotadas de creatividad. Se considera que constituyen dominios paradigmáticos en lo que respecta a su papel en los procesos innovadores, generando así modelos de cómo debe entenderse lo creativo. Pero esta afirmación se basa en un supuesto implícito: la creatividad debe ser entendida a partir de lo azaroso, impulsivo, emocional, intuitivo, que emerge ex nihilo. Así, de acuerdo con esta imagen, las artes producen elementos creativos sin requerir de preparaciones previas ni conocimientos precedentes. En cambio, las disciplinas científicas, según esta concepción, están más lejos de poder expresarse creativamente debido a su bagaje cognitivo adquirido. Este supuesto conlleva, además la carga de encerrar a las disciplinas en compartimientos estancos, donde cada una debe poseer un objeto de estudio propio y un método no extrapolable, en general a otros dominios, respetando la prohibición de lo que Aristóteles denominaba la metábasis, es decir, la imposibilidad de transferencia disciplinar. En este trabajo, nos oponemos a este posicionamiento, mostrando cómo la impronta aristotélica cundió sobremanera en épocas posteriores, impidiendo el desarrollo de perspectivas unificadoras o interdisciplinares. Caben entonces otras maneras de comprender la creatividad que permitan la fluidez intertemática entre arte y ciencia.
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