Este trabajo que hoy se publica tiene su origen en la intuición, observación, y conocimiento de un arqueólogo, Jesús Valiente Malla, que ha abierto las entrañas de la tierra, no para encontrar un tesoro de oro o de brillantes, sino para buscar huellas del pasado, de nuestro pasado, encontradas en humildes enterramientos o vestigios cuyo descubrimiento, si no de manera material, sí enriquecen espiritual y físicamente nuestros conocimientos, proyectándolos hacia nuestros ancestros, y acercándonos al origen de la humanidad con un único y principal protagonista: el hombre. El hombre, asentado en poblados con fondos de cabana o en cuevas, en poblados, en cerros, el hombre, avanzando a través de las diversas fases de su formación, el Bronce inicial, el Bronce medio, el Bronce pleno, la cultura de El Algar..., ese hombre que se asienta en la zona de «El Lomo» de Cogolludo, cerca de los ríos Jarama, Sorbe y Henares, hacia el año 2800 antes de Cristo, y lo hace, según dice el arqueólogo, contestando a la pregunta que él mismo se plantea, en busca de una nueva estructuración social, basada en la mejora de la agricultura y el mantenimiento de la ganadería en los bosques y pastos colindantes, permaneciendo allí asentado cerca de 1.800 años bajo la mirada atenta de la mole gris del «padre» Ocejón, al que contemplarían esos seres como símbolo de eternidad.
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