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La belleza (arquitectónica) del paréntesis: arquitectura, teoría, poética y ortotipografía parentética

Imagen de portada del libro La belleza (arquitectónica) del paréntesis

Información General

Resumen

  • El paréntesis, proclama el autor colocándose las manos cóncavas sobre las comisuras de los labios, es arquitectura: es un lugar. Es un signo que no representa sonido alguno. Es cáscara y alloza, un límite bivalvo y aquello que cobija entre sus paredes. Un paréntesis es un lugar asignado, un espacio significativo, una cierta distancia. Puede ser una mandorla o una vulva. Un compás patizambo, al igual que el de los conventos franciscanos, de espera. En Portugal António Lobo Antunes los prescribió, los sangró y los desterró a otra línea hasta el 25 de marzo de 2026 y, todavía, Álvaro Siza los modela, los dibuja y los edifica. Uno los extrae del párrafo dándoles sitio en la línea siguiente y otro los integra en una secuencia de vientres, de sístoles y de diástoles murales. En ambos casos, son habitaciones, ermitas o celdas, basílicas o claustros, cuartos o quintas. Un paréntesis es un limen: una forma que pone en evidencia lo fronterizo, lo extremo, la condición litoral de ciertas realidades equívocas. Un paréntesis es, unas veces, una isla y, otras, es una cadera, una boca, una ecuación o un polinomio, o, como propuso Bernini ante la basílica vaticana, un zaguán transparente y un desmedido recibidor amarillo. Es un dibujo lineal con ansias estereofónicas. Es un lugar arquitectónico y un periodo de tiempo sometido a la tensión y a las directrices del espacio tierno y elástico. En él se aúnan la tipografía y la arquitectura. Es decir: las trazas del movimiento y el universo, la cartografía y la épica.

    La belleza (arquitectónica) del paréntesis es una apología en la que se cuestiona que la verdadera belleza radique en lo corrupto y en la que se pone en entredicho que la belleza, para serlo, haya de ser convulsa. Es una cofradía de paréntesis singulares en la que se hermanan los construidos por Francesco Borromini con los escritos a máquina por Fernando Pessoa, los dibujados por Alvar Aalto y los impresos por voluntad de Miguel de Cervantes. Sin ningún pudor se dan cita en el mismo lecho los inventados por Anne Carson y los inscritos por Andrés Nimero en su único poema; en la misma página cohabitan los filmados por Lars von Trier y los sustanciados por Alberto Giacometti, los novelados por Max Aub y los heridos con navaja de barbero por Luis Buñuel. La literatura y la arquitectura, la pintura y la cinematografía, el dibujo caligráfico y el tórculo se entreveran y se confunden y renuncian a sus limbos disciplinares para ocuparse de aquello que todas tienen en común: el espacio. Su empeño en ponerle límites físicos al espacio extemporáneo, en demostrar la inconsistencia del vacío, es similar. También su afán, su obsesiva inclinación a evidenciar la finitud, los extremos, el principio y el fin: la piel garza de lo fragmentario.

    En La belleza (arquitectónica) del paréntesis la palabra y la imagen, la letra y la figura, colaboran y mantienen ungidas relaciones corporales. El ensayo, estratégica y fraudulentamente, se reparte en cuatro libros complementarios: uno inicial dedicado más a la arquitectura que a la erótica, otro segundo a la poética y no a la técnica, un tercero a la incertidumbre de las teorías y, un cuarto, como última alcoba, a la ortotipografía (o a la ternura y a la caricia). «A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos», postuló Jorge Luis Borges en El Sur. También a los sueños, apostilló César Aira en Sobre el realismo.

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