Desde el comienzo de la guerra civil española, en el verano de 1936, las fuerzas del bando franquista comenzaron a aplicar un castigo particular a las mujeres relacionadas con la República: el rapado de sus cabezas. Fue la parte más simbólica y visible de un ritual de escarnio público complejo, fundamentado en la violencia sexuada. Los cuerpos de las mujeres sirvieron para canalizar la violencia y el terror con el objetivo de instaurar el nacionalcatolicismo.
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