La evangelización de los pueblos americanos fue un campo de experimentación y todo un reto para la monarquía hispánica, que acometió como responsabilidad esa ingente tarea. El descubrimiento iniciado en 1492 de un Nuevo Mundo, con millones de habitantes que nunca habían tenido contacto con la sociedad cristiana suponía, además de los procesos de conquista y colonización, y como consecuencia directa del mandato pontificio, la obligatoriedad de llevar a cabo una tarea de misión que se manifestó en consecuencias que van mucho más allá de la estricta actividad evangelizadora. Así, sacerdotes seculares y miembros de las órdenes religiosas, desarrollan en el continente americano una honda y extensa labor de inculturación de aquellas civilizaciones.
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