La vejez, admirada y temida. Idealizada y silenciada. Una categoría social cargada de sentido. Durante mucho tiempo hemos creído que, en la Antigüedad, el anciano ocupaba sin fisuras un lugar de honor. Este libro, sin embargo, viene a discutir esa imagen. Rubén Herranz González cuestiona la mirada romántica y muestra la otra cara de la moneda: el origen antiguo del edadismo.
Con el rigor de quien ha dedicado dos décadas al estudio del envejecimiento desde el Imserso, el autor reconstruye un panorama más complejo y, a menudo, crudo. Egipto, Grecia y Roma elaboraron discursos ambivalentes sobre envejecer. Junto a la autoridad simbólica del mayor convivieron la burla, la exclusión y la desconfianza. No hay complacencia en estas páginas. Tampoco anacronismos. Hay fuentes.
Desde los papiros egipcios y su obsesión por el rejuvenecimiento, hasta la Grecia de Aristófanes y sus sátiras despiadadas; desde la Roma de Cicerón hasta los conflictos de poder del paterfamilias. Textos literarios, normas jurídicas, representaciones artísticas y también silencios. Porque el silencio, aquí, cuenta. Y revela. Los estereotipos no nacieron ayer: arrastran más de dos milenios de historia.
No es un simple catálogo de datos. Es un espejo. Conecta el pasado con nuestras carencias presentes. Aparecen “viejos verdes”, demencias ocultas, formas tempranas de protección social. Y, sobre todo, una pregunta persistente: ¿resiste la idea de una vejez venerada cuando la sometemos al contraste documental? La respuesta es incómoda. Y por eso importa.
La obra se sitúa en una intersección fértil. Historia social, derecho, filología, gerontología. No para dispersar el análisis, sino para afinarlo. El edadismo no es un fenómeno unívoco. Es cultural, estructural y persistente. Reconocer sus raíces antiguas permite comprender mejor su vigencia contemporánea.
El lector especializado encontrará un estudio crítico y bien documentado, atento a debates historiográficos recientes. El lector general hallará una narración clara y estimulante, capaz de desmontar mitos arraigados. En ambos casos, el libro propone una lectura activa del pasado. No es un alegato moral. Es una invitación intelectual: mirar de nuevo lo que creíamos saber. Aceptar que la historia de la vejez no es lineal ni ejemplar. Y entender que el modo en que una sociedad trata a quienes envejecen revela, con precisión, cómo concibe la dignidad humana.
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