Este libro está dirigido principalmente a quienes están estudiando latín, pero también a quienes están interesados en el conocimiento del latín. Las razones más difundidas para estudiar esta lengua son válidas, aunque no son las más efectivas. Muchos nombres científicos de animales y plantas que se emplean en todos los países son latinos. Gran parte del vocabulario del español procede del latín: panis, aqua, mensa, venire, petra, arbor, parvus, altus, etc. Además de estas evidencias culturales, lo más importante del estudio del latín es el ejercicio que propone a nuestro cerebro. Por un lado, el léxico de origen latino nos permite distinguir entre fraternidad (entre varones), sororidad (entre mujeres) y hermandad (entre hombres y mujeres); nuestro hermano viene de germanus; el latín mantenía clara y efectiva la distinción entre vir (varón), mulier (mujer) y homo (ser humano); el latín femina ha dado feminismo y hembra; la raíz latina duc- (= guiar) es prolífica: conducir, reducto, dúctil, etc. Por otro lado, los componentes gramaticales nos obligan a encajar cada forma y cada función teniendo en cuenta varios detalles, pues no es la palabra la que exige una u otra construcción, sino que es la función la que fundamenta que la palabra se inserte en una u otra construcción. Una terminación u otra hace que el sentido cambie: portam = a la puerta, hacia la puerta ... , pero portae = de la puerta, etc. El verbo va al final y -en orden sucesivo- desde el menos ligado al verbo hasta el más ligado, se ponen los complementos del verbo, pero el sujeto va al principio. El latín no ha muerto: al latín lo estamos abandonando; hora es de que lo revitalicemos ... para nuestro bien. No es imprescindible estudiar latín, pero sí es altamente conveniente para un buen desarrollo de nuestras funciones cognitivas.
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