Por los años en los que se compone esta singular obra de nuestra prosa áurea, el imperio daba ya buena cuenta de su franco declive. Los grandes cambios políticos y culturales cristalizaban en forma de ruptura con los valores tradicionales y en el trastorno de la mentalidad hegemónica -germen del que hasta hoy discurriría en los siglos posteriores- del que nuestra tardía prosa barroca representa el más inapreciable corpus testimonial. Este Diablo Cojuelo es novela y urbana: son las ciudades, como hervideros y enjambres humanos, las que mejor ejemplifican dichas transformaciones sociales, y es en ellas donde tienen lugar las pendencias del estudiante Cleofás y su pequeño demonio tutelar. El novelesco se revelaba ya como género que mejor recogía todo lo que aquí cabe: realismo degradado, diálogo teatral, peripecia de pícaros, sátira costumbrista, folklore, nigromancia… crónica y crítica de una época de cambios solo recuperable como lectores gratos y curiosos.
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