Roma, junio de 1952. Un anciano acude al consulado español para renovar el pasaporte de un país que no ha pisado en el último cuarto de siglo y en el que solo ha vivido hasta los ocho años. Al salir sufre una caída y fallece pocos días después.
El hombre era Jorge Santayana, antiguo profesor de filosofía en Harvard y una de las figuras más destacadas del pensamiento anglosajón de principios del siglo XX, todavía hoy poco conocida fuera de ese entorno. Una frase suya recibe a quienes visitan hoy el antiguo campo de concentración de Auschwitz: “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”.
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