Hace unos años, en la prestigiosa publicación The Review of Economics and Statistics, se señalaba que los investigadores de la economía suelen perder su compostura de científicos cuando se enfrentan con los problemas de la población. La carga emocional puede a la frialdad del hombre de estudio, y con facilidad se adivina la filosofía moral derivada de Moore cuando Keynes aborda estos problemas, o el catolicismo bien militante de Colin Clark cuando, como si de un heresiarca se tratase, aplastaba intelectualmente las jeremiadas de Lord Boyd Orr, hombre clave en la fundación de la FAO, la agencia de las Naciones Unidas, para la Alimentación y la Agricultura.
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