Algunas políticas sobre el grafiti se pueden comprender como una batalla entre los que defienden el orden arquitectónico impecable y los que creen que las ciudades se pueden transformar, a la vanguardia social de su momento. No obstante, estas dinámicas entre la restricción, los preconceptos y los vetos se contrastan con los argumentos que el color y las formas enriquecen el paisaje urbanístico.
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