Terminamos el 2024, un año marcado por la profusión de conflictos armados a nivel mundial: ahí están las guerras entre Rusia y Ucrania o la invasión israelí a Gaza, con las secuelas de muerte de civiles y destrucción de instalaciones, incluidos colegios y hospitales. Aunque focalizadas, son confrontaciones que involucran múltiples intereses y potencias e incrementan las posibilidades de escalar los conflictos a otras magnitudes. En nuestro país, encontramos una multiplicidad de conflictos armados y acciones violentas de diversa índole, sea en el combate al narcotráfico o el accionar de cárteles, que disponen de armamentos e instrumentos sofisticados que usan cada vez más contra la población, las guerras intestinas entre grupos del crimen organizado, el control territorial por grupos violentos, guerras tri-bales, etc.; aquí, el número de muertes sobrepasa al de las guerras declaradas.
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