Argentina
“No veo con los ojos: las palabras/ son mis ojos. Vivimos entre nombres;/ lo que no tiene nombre todavía no existe” declara Octavio Paz en “Pasado en claro” (1974), uno de los tantos poemas que la prosa de El testigo (2012 [2004]) del mexicano Juan Villoro se dedica a releer y a reelaborar a lo largo de sus más de cuatrocientas páginas. Treinta años después de la composición de esa poesía, cincuenta y cuatro años más tarde de la publicación de El laberinto de la soledad, ensayo por excelencia de definición de la identidad nacional mexicana, Juan Villoro reactualiza las palabras de “Pasado en claro” proponiendo una ficción en la que la única herramienta que los personajes tienen para mirar a México son los nombres y las palabras que la literatura les brinda desde sus bibliotecas.
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