Pier Paolo Pasolini y Roland Barthes se encontraron personalmente una única vez, en la segunda edición del Festival de Nuevo Cine de Pesaro, entre el 2 y 5 de junio de 1966. En el archivo epistolar de Pasolini se conservan dos cartas de Barthes, cuyas respuestas, en caso de haber existido, desconocemos. En la primera, de 1962, Barthes le recomienda un estudiante argelino interesado en el cine. En la segunda, más sustanciosa, lamenta la úlcera que padece Pasolini antes del Festival de Cine de Pesaro (al que finalmente acude) y aprovecha para, además de expresarle su admiración, agradecerle el interés por la semiología de la imagen que Pasolini ha difundido por medio de Nuovi Argomenti a lo largo de la década de los sesenta. “Por el interés por la semiología de la imagen y la admiración que tengo por lo que conozco de su obra, tanto la escrita como la fílmica, espero con ansias –y con suficiente tiempo– reencontrarnos en Pesaro” (Jourbet-Laurencin, 2007: 58, traducción mía). Este interés seguramente llegó a sus oídos gracias a la polémica que los tuvo a uno y otro como partícipes y que se deja ver en un artículo que Pasolini había publicado ese mismo año. El tono y el tenor de la esquela, en todo caso, no puede dilucidarse sin dar un rodeo por esa polémica y no sin antes procurar dar cuenta de las distintas cuestiones que se dejan ver en las palabras de Barthes. ¿Qué sería una semiología de la imagen? ¿Cuál es el estado de la cuestión en plena década de los sesenta en la que Christian Metz está llevando adelante la traducción cinematográfica de la misión estructuralista? ¿De qué modo Barthes y Pasolini anticipan no la posibilidad de convertir a la imagen en un objeto de análisis sino, dada su infranqueabilidad, hacerla el centro de una propuesta artística?
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