En la Lección inaugural, a diez años del texto de Deleuze que confirmaba el peso teórico del estructuralismo, Barthes reconoce desplazamiento, nuevos matices en su preocupación teórica: aun así la semiología siempre tiene el mismo objeto, dice, y es político. Pero se impone un movimiento al interior de la propia formulación teórica, porque, en el campo intelectual, el poder como categoría discursiva se dividía y la mayoría de las liberaciones postuladas, bajo diversas formas de gregarismo, revertían en nuevos discursos de poder: “Si la semiología de la que hablo retornó entonces al Texto es porque, en ese concierto de pequeñas dominaciones, el Texto se le apareció como el índice mismo del despoder” (Barthes, 2003a: 108). A partir de la lectura que Barthes hace del campo del saber –y en la dimensión de un término que él mismo emplea, el malestar respecto de ese campo– se propone la aventura (el deseo), o la ex-cursión, hacia un nuevo espacio posible para el pensamiento y la crítica.
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