El 11 de marzo de 2011 un terremoto de magnitud 9.0 en la escala de Richter sacudió Japón. Poco después una gran ola llegada desde el Océano Pacífico agrandaba la tragedia al arrasar en el norte del país pueblos enteros, causando miles de víctimas, barriendo edificios, destruyendo infraestructuras y produciendo una grave emergencia nuclear al golpear a la central nuclear de Fukushima. Para paliar los daños del seísmo y del tsunami (la “ola del puerto”, en japonés), los satélites de observación y la Carta Internacional han vuelto a demostrar su valiosa utilidad, al igual que ya hicieron tras los seísmos de Haití o Chile, entre muchas otras catástrofes naturales
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