La oración, como fe expresada y testimoniada en signos exteriores, es siempre la voz a Dios debida, de modo que el cristiano que rompe a orar se encuentra ya de lleno en el ámbito del don y de la gracia. Nuestra indagación puede comenzar por el lado más visible de la oración: un cristiano exponiendo toda su existencia ante Dios. Es en el terreno de la antropología del hombre orante, donde la experiencia y la teología de la oración poseen una palabra propia que desborda cualquier consideración del ser humano. La oración es el ámbito de la memoria y la esperanza lo que conlleva a esta a transformarse en una invitación a no olvidar a nadie, a poner a Dios los rostros y las historias dramáticas de nuestros prójimos; ceder a la tentación del olvido es tanto como impedir que los demás formen parte de nuestra vida, como si estuvieran muertos para nosotros.
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