Viene de París, de un Werther clamorosamente aplaudido y con la Legión de Honor en la solapa. Las localidades del teatro de la Zarzuela donde estos días canta Marina se agotaron hace mucho tiempo. Tiene la agenda llena hasta principios del 96, y está dispuesto, mientras la voz aguante -y dicen que está en su mejor momento- a seguir siendo el Príncipe del bel canto, que así le llaman. Va a cumplir los 67, pero su prestigio y su carrera, los del que muchos consideran el mejor tenor del mundo, tienen el brillo aún prometedor de una espléndida madurez, que parece pactada con el diablo... o bendecida por los dioses. Y en todo caso, envidiada por quienes quisieran verle, de una vez, lejos de los escenarios.
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