Si hubiera que definir políticamente a Javier Rupérez, se le podría llamar de todo menos tránsfuga. En la transición española ha menudeado la especie del político experto en detectar el cambio en la dirección del viento electoral, para saltar inmediatamente de un partido a otro en función de su personal conveniencia. Rupérez es de los que aguantan hasta el final: en 1977 pertenecía a Izquierda Demócrata Cristiana -el partido de Joaquín Ruiz Giménez-, y con él aguantó el batacazo electoral; en Unión de Centro Democrático estuvo hasta el último día, y el año pasado recogió, tras la dimisión de Oscar Alzaga, la presidencia vacante del Partido Demócrata Popular.
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